Impotencia, tristeza y unión en la pena. Estos son los sentimientos que mejor definen lo que sucedió en la noche del Lunes Santo en el interior de la Catedral de Cuenca, de donde no pudo salir la Venerable Hermandad Penitencial del Santísimo Cristo de la Vera Cruz para recorrer su estación de penitencia por las calles de la ciudad, debido a la lluvia que, intensa a ratos, fina en otras ocasiones, no dejó de caer sobre Cuenca desde el mediodía de ayer.
A las nueve y cuarto de la noche se cerraban, como es habitual, las puertas de la Catedral para que los hermanos pudieran escuchar en la intimidad la santa misa con la que se ponen en comunión con el Señor antes de desfilar acompañándole de la Plaza Mayor a San Esteban. El Santísimo Cristo de la Vera Cruz reposaba ya en borriquetas en el pasillo derecho que da acceso a la nave de la Basílica, ajustados ya los banzos por varios hermanos y dispuestas, en la capilla contigua, las horquillas para los banceros.
En medio de un sobrecogedor silencio el obispo de la Diócesis, monseñor José María Yanguas, presidía una misa que cuenta cada año con la asistencia de más hermanos y familiares y que este año gozó de gran solemnidad y respeto por parte de los asistentes, poniendo de manifiesto el buen trabajo al respecto de la hermandad. Entre los asistentes, aún a cara descubierta, muchos rostros conocidos: secretarios y directivos de otras hermandades, políticos, empresarios, personalidades de la vida social y cultural conquense, todos igualados en una misma fe y un mismo sentimiento, bajo un mismo hábito.
La presidencia ejecutiva de la procesión estuvo formada por el representante de la R.I.E de Nuestro Padre Jesús Nazareno (vulgo Medinaceli), Rodrigo Merchante, y por la concejal de Régimen Interior Mª del Pilar Herraiz. Además, acompañaban este año a la Vera Cruz de Cuenca las hermandades de la Santa Vera Cruz de Villar de Domingo García y La Peraleja, dos habituales ya en los últimos años, así como el Lignum Crucis de Vellisca portado como cada año por el sacerdote León Cordente.
Finalizaba la misa pero no cesaba la lluvia y en el interior del Templo crecían la preocupación y la incertidumbre. El Coro Alonso Lobo, dirigido impecablemente un año más por Luis Carlos Ortiz, calentaba voces para la inminente salida mientras la organización se planteaba qué hacer. El protocolo establecía que, de llover a las 22:30, habría que esperar hasta las 23 horas para tomar una decisión definitiva y que, en caso de no escampar, se abrirían tras la procesión del Cristo de la Vera Cruz por la girola de la Catedral las puerta de la Basílica para que quien lo deseara accediera a escuchar las prédicas de las Siete Palabras, que se leerían desde el Altar Mayor. Hasta monseñor Yanguas se acercaba al presidente de la Junta de Cofradías para interesarse personalmente por el desarrollo de los acontecimientos. Como siempre, muy sensible el obispo de la Diócesis con la Semana Santa de Cuenca, con el sentir de todo un pueblo.
Suspensión de la procesión
Rezaban los hermanos en silencio porque se marchara la nube pero, a las 22:15 horas, la organización decidía en reunión frente al Altar de San Julián suspender la procesión hasta las 22:45 en que se produciría una segunda reunión en la que se tomaría ya la determinación definitiva. Comenzaban a cundir la pena y el desánimo entre los presentes. Cuántas veces no se asomarían a la calle en el transcurso de esa media hora hermanos mayores, representante de la Hermandad, secretario y presidente de la Junta de Cofradías. Tratando de hacer entre todos fuerza para que escampara. Pero el panorama no cambiaba y a las 22:45, reunidos en la sacristía de la Catedral, daban por suspendida la procesión debido a las inclemencias meteorológicas y comenzaban a preparar el Templo para la prédica en su interior de las palabras. El representante de la Hermandad era el encargado de anunciar la mala nueva por megafonía, conteniendo apenas la emoción.
Se trabajó bien y todo lo rápido que se pudo para que la gente en el exterior, que estaba soportando el aguacero por si el Santísimo Cristo salía o para acompañarlo dentro del Templo, pudiera acceder lo antes posible. Los hermanos de la Vera Cruz, perfectamente uniformados en todo momento, capuces respetuosamente bajados, formaron dos filas perfectas que comenzaron a avanzar a las once en punto por la girola de la Catedral, tras la Cruz de Guía. A ambos lados del Altar Mayor se iba congregando ya, en silencio, la gente. El aroma a incienso y la luz de los faroles precedían el paso del doliente Crucificado, rostro vuelto al cielo, del Crucificado que este año apenas pudo desfilar unos minutos bajo piedra milenaria catedralicia, poco pudieron llevar los banceros sobre sus hombros el dulce peso del Santísimo.
Horquillas mudas caminaban pausada, dulcemente por la girola catedralicia mientras la oración hecha canto del Alonso Lobo sonaba en la noche de ayer más triste que nunca. Desde el año 2006 no se vivía una suspensión de la procesión del Lunes Santo en Cuenca, recordaban con pena desde la Hermandad. Los hermanos no llevaban ayer noche en las filas sus hachones. Anoche iluminaban el paso de la Vera Cruz sentimientos, corazones encendidos. Daban las velas paso a la fe, que más que cualquier otra cosa alumbra. Especialmente emotivo fue el momento en que llegaba el Santísimo hasta la imagen de Nuestra Señora de la Soledad y de la Cruz, ya en andas para el Santo Entierro, pues pareciera que la Madre contemplara el paso de su hijo y, con esa expresión de serenidad en la pena, tratara de compensar la que hermanos y banceros sentían.
Al llegar la Vera Cruz al pasillo frente al Altar Mayor, lugar escogido para ubicarla durante la prédica de las Siete Palabras, se abrían las puertas de la Catedral y accedían al Templo alrededor de dos centenares de personas, en su mayoría jóvenes y adolescentes, mostrando un año más que lo de la Semana Santa de 2011 no fue flor de un día y que se ha convertido la Sagrada Imagen de la Venerable Hermandad Penitencial en una de las que más devociones tiene entre los jóvenes conquenses.
Siete Palabras
Monseñor Yanguas, obispo de la Diócesis, abría la noche con su predicación sobre la Primera Palabra de Cristo “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Llamó monseñor, en una breve prédica, a “cargar con la Cruz como creadores de un mundo nuevo” y a perdonar y olvidar igual que hizo el Señor con sus enemigos. El Coro Alonso Lobo hizo de enlace entre palabra y palabra, cantando con una suavidad y elegancia que hubieran hecho estremecer a la piedra. Y, mientras, los banceros mecían levemente a la Vera Cruz, como si no quisieran despertar al Santísimo y causarle más sufrimiento. Noche de amor y Lunes Santo en Cuenca.
El hermano Pedro Romero Sequí predicó la segunda palabra: “En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Recordó cómo vivió siempre Jesucristo entre pecadores, redimiéndolos hasta su muerte de cruz, y como los creyentes desaprovechamos la oportunidad de limpiar nuestro pecado al ser reticentes a practicar el sacramento de la confesión. Animó a pedir fuerza para ello a María, recordó que nos pone Cristo como única penitencia “que volvamos a él” y finalizó diciendo: “Alcánzanos, María, la conversión, la vuelta a los sacramentos y el perdón diario”.
La hermana Marta Lucas, una de las predicadoras más jóvenes que ha tenido esta procesión, reflexionó con gran dulzura y hermosa voz sobre la tercera palabra “Madre, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu madre”. Y quizá fue su palabra la que mayor añoranza mostró de haber estado en la calle, en San Felipe, sin lluvia, en ese Lunes Santo de reflexión y piedra, y callejuelas, que todos ansiaban. “La noche no quiere dormir”, finalizaba. Como no querían anoche dormir ni abandonar a su Vera Cruz, hermanos, fieles y presentes en la Basílica.
La también hermana Angustias Mialdea García predicó la cuarta palabra, “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”, recordando la soledad de Cristo en la Cruz que le lleva a gritar estas palabras, a ponerse a la altura de la debilidad humana. Recordó que todos nacemos y morimos solos para luego recalcar, voz ya quebrada por la emoción, la “esperanza que hay en el grito del Señor, que no es desesperación, sino oración con la que se solidariza con los abandonados. Cristo es nuestro consuelo y nuestra fuerza y en nuestros sagrarios está vivo. Pero tan indefenso como en la Cruz o el sepulcro” concluyó.
La quinta palabra, “Tengo sed”, la predicó la hermana Isabel Rosario Gutiérrez. “Entre tantos sufrimientos que tienes, Señor, subrayas tengo sed” decía desde el Altar Mayor. “Nos has dicho que eres la fuente que mana, el agua viva. Que en su corriente está la vida eterna. ¿Y tienes sed?” se preguntaba. “¿Tienes sed, Señor, solo de agua? ¿O también de amor, de amigos, de mi? Hoy quiero ser tu vaso de agua enamorada que sacia tu sed. El amigo que te falta. Y que tú, en mi sed física y espiritual, seas mi fuente. Esa cuya claridad nunca es oscurecida”. Y finalizaba la hermana con una promesa: “ser en esta noche conquense el agua que necesitas, los cristianos que soñaste, la iglesia que sigue fiel. Tenemos sed de ti. Calma tú nuestra sed, aunque es de noche”.
Como es costumbre, la sexta palabra la prepara una hermana de clausura del convento de las Concepcionistas de la Puerta de Valencia. Este año lo ha hecho sor Nuria Cano, cuya prédica sobre “Todo está cumplido” leyó una hermana de la Vera Cruz, al impedir a Nuria su voto de clausura estar presente en la Catedral. “La revelación ha llegado a su culmen en ese amor que da la vida por nosotros en la Cruz. En ese Jesús que es Dios que se revela. También esta noche en que nuestras vidas, leídas desde el Señor, son historias de amor y salvación porque Él obra en ellas, es la iglesia la que vive y transmite la fe” predicaba. “Desde ahora el amor de Dios ha descendido a la tierra para el hombre, y el del hombre ascendido al cielo. Unidos en el madero de la Cruz donde el hombre aprende a ser hombre nuevo, la vida, la nueva Creación. Aquí termina todo y comienza todo”.
Y en el Altar Mayor llegaba, al filo de la medianoche, la última palabra. El sacerdote Cirilo Sánchez habló de "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" para agradecer a Cristo: “Jesucristo, qué buen pastor has sido que has dado la vida por tus ovejas. Muchas gracias Señor porque no quisiste bajar de la Cruz. Porque quisiste morir en ella. Y por eso te queremos todos los años y todos los años te queremos más. Porque moriste por nosotros. Y te queremos más en los desamparados, los que sufren, los necesitados. Queremos abrazar tu cruz, acogenos en tu amor”. Así finalizaban, en arrullo, las prédicas de este 2013 en la Catedral. Añoranza de San Esteban, de cielo claro, de noche de penumbra, reflexión y procesión por las calles de Cuenca.
Antes de dar por concluido el Lunes Santo, los hermanos rezaban por los difuntos. Y con el Señor ya en borriquetas sonaba el miserere en la Catedral y se terminaban de liberar las emociones. Ayer, la pena se hizo hermandad de Semana Santa. Triste noche de Lunes Santo en Cuenca.
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