Antonio Pelayo abre la Semana Santa con un Pregón que llama a la revisión personal a la luz del mensaje de Cristo

08 de Abril de 2022

Un Pregón de profundo sentimiento cristiano, cimentado en la vivencia de la fe y en la responsabilidad social, con el que el Pregonero de la Semana Santa de Cuenca 2022 ha llamado a los nazarenos a revisarse personalmente a la luz del mensaje de Cristo. Así ha abierto Antonio Pelayo la Pasión de la capital conquense en un muy esperado acto para el que ha sido necesario esperar tres años.

La pandemia, la guerra en Ucrania, el crecimiento de la pobreza en todo el mundo y la crisis social, de valores y de fe en la que vivimos han estado muy presentes en un Pregón que ha tenido en la particular vivencia de la Semana Santa en Cuenca y en los textos evangélicos su hilo conductor.

El Teatro Auditorio de la ciudad colgaba el cartel de aforo completo en una noche tan esperada que nadie ha querido perdérsela. Han acompañado al Pregonero, además de sus familiares y amigos, la Comisión Ejecutiva y la Junta de Diputación de la Junta de Cofradías; el obispo de la Diócesis de Cuenca, monseñor José María Yanguas; el alcalde de Cuenca, Darío Dolz; el presidente de la Diputación Provincial, Álvaro Martínez Chana; la subdelegada del Gobierno en Cuenca, Mari Luz Fernández Marín; el secretario general de CEOE Cepyme Cuenca, Ángel Mayordomo; o el Cronista Oficial de la ciudad, Miguel Romero, entre otras autoridades.

Presentado de forma brillante por el periodista de La Tribuna de Cuenca, Leo Cortijo, quien arrancó incluso el aplauso espontáneo del público en su primera intervención, mostrando la dosis justa de sentimiento e información, el acto comenzó con la actuación del Coro del Conservatorio “Pedro Aranaz” en la que ha sido la primera intervención de su nuevo director, Pedro J. García Hidalgo, en un acto de Semana Santa. De especial intensidad emotiva fue el momento del Miserere pues, al ser el primero que el Coro interpretaba en un acto público desde la declaración de pandemia, el director pedía a los asistentes escucharlo en pie y cantar, si así lo deseaban.

Tras este momento calificado por Cortijo como “sobrecogedor”, la Banda Municipal de Música de Cuenca regalaba a los asistentes una de sus actuaciones más memorables. Sonaron – a gloria – Cristo del Olvido, Danos tu Paz y San Juan, tras la que la ovación fue tan cerrada y tan larga que el director de la Banda, Juan Carlos Aguilar, tuvo que salir dos veces a saludar. La ocasión bien lo merecía.

Con la nazarenía en sus niveles más altos, Antonio Pelayo subía al escenario entre aplausos para poner palabra a la Semana más esperada por Cuenca. Acompañándole y, por qué no, guiándole también, el Calvario de Luis Marco Pérez que puede visitarse habitualmente en el Espacio que el Museo de Semana Santa tiene dedicado al imaginero, el Guión de la Junta de Cofradías luciendo crespón negro en recuerdo de los nazarenos fallecidos y el Cartel de Enrique Martínez Gil, presente también en el acto.

La larga espera

Esta tarde del 8 de abril, Viernes de Dolores, es para mí un momento de muy intensas emociones. Insisto por si alguien tuviera alguna duda sobre el significado de mis palabras: muy intensas emociones”. Así arrancaba el Pregón de Antonio Pelayo, sin duda el más esperado de los últimos tiempos. Después de tres años tras su designación en 2019 para pregonar la Semana Santa del año siguiente, muchas eran las ganas – y las expectativas – puestas por la comunidad nazarena conquense en el Pregón de 2022. Y Antonio Pelayo no defraudó.

La pandemia que ha marcado el devenir de los nazarenos y de toda la Humanidad en los dos últimos años y esa larga espera que ha motivado ocuparon, como no podía ser de otra manera, el preludio del Pregón. “Al aceptar pregonar vuestra Semana Santa con natural alegría, fui muy consciente de la responsabilidad que me echaba sobre los hombros y me puse a trabajar con todo el empeño del que soy capaz para escribir un Pregón que no desmereciese de los pronunciados por mis muy ilustres predecesores” recordó.

Tras el anuncio de pandemia y la suspensión de todos los actos públicos – en Cuenca y en todo el mundo – “consternación es la palabra que define mejor lo que pudisteis sentir y lo que yo percibí en mi conversaciones con la Junta de Cofradías. E idéntica experiencia vivimos el año pasado” describió. “Fueron días muy tristes y sólo la fe sirvió de refugio y consuelo ante una noticia tan desoladora”. Los recuerdos del pasado “son amargos, pero por fin las cosas han recobrado su normalidad y este año la Semana Santa de Cuenca volverá a revivir su incomparable historia y esta magnífica ciudad recobrará su entusiasmo, su fervor, su religiosidad durante los siete días que nos permitirán rememorar el acontecimiento más trascendental de la Historia de la Humanidad: el nacimiento del Hijo de Dios y su Pasión salvadora”.

Pelayo recordó que, a día de hoy, la pandemia “se ha cobrado en el mundo millones de víctimas y la lista, por desgracia, no es aún definitiva”. En este punto tuvo sentidas palabras de recuerdo y reconocimiento para su primo Gonzalo Pelayo, muy querido en Cuenca y cuyos hijos asistieron al Pregón. “De él conserváis sin duda alguna el recuerdo afectuoso que se merece un hombre generoso, entusiasta y amante de su ciudad, de sus tradiciones y en particular de su Semana Santa. Amor que ha sabido transmitir a sus hijos Gonzalo y Javier, aquí presentes”.

Ante el crecimiento exponencial de la pobreza y de las desigualdades a consecuencia de la enfermedad, nuestro Pregonero quiso recordar desde el atril del Auditorio las palabras del Papa Francisco: “La peor solución al drama de la pandemia es recluirnos en la torre de marfil de nuestro egoísmo, entregarnos a un soliloquio de tristeza y melancolía, paralizar nuestra solidaridad. Francisco nos ha dicho que de una crisis como la que estamos aun viviendo o se sale juntos o no se sale. No hay alternativa”.

Es por eso que llamó a los nazarenos de Cuenca a seguir manifestando su solidaridad con quienes más la necesitan, como es ahora el caso de Ucrania. Sobre el actual conflicto que lleva casi 50 días sacudiendo el mundo, el Pregonero aseguró que “nos amenaza a todos” y pidió que “en esta Semana Santa, al contemplar y llorar las llagas de Cristo, vamos también a derramar nuestras lágrimas sobre las llagas que la locura y la maldad de un dictador han producido y van a producir todavía en centenares de miles de hermanos y hermanas nuestras. ¡Que Dios se apiade de su pueblo y de sus verdugos!”.

Retablo católico de sentimientos

Tres grandes temáticas vertebraron el Pregón de Antonio Pelayo: las referencias a la actualidad y al sufrimiento motivado por los acontecimientos, sufrimiento que como cristianos estamos llamados a paliar en la medida de lo posible, dando con las obras testimonio de nuestra fe; el elogio de Cuenca y su Semana Santa y la defensa de las señas de identidad que a nuestra Pasión le son propias; y una glosa, en forma de retablo, sobre algunos de los principales personajes de la Pasión y Muerte del Señor, frente a quienes Pelayo quiso poner a los nazarenos de Cuenca como si se tratara de un espejo y ayudar, de esta manera, a que reconociendo nuestros fallos, podamos volver esta Semana Santa al camino que el Señor quiere para nosotros.

En muchas de nuestras iglesias y catedrales – y ahora que empleo esta palabra no quiero dejar de felicitar a vuestro obispo, Monseñor Yanguas, por la feliz restauración de vuestro templo mayor – se conservan magníficos retablos. Cada retablo es una catequesis, es como un libro abierto que facilita al pueblo sencillo la comprensión de los misterios de Dios” comenzó. “En muchos de esos retablos se escenifica la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo y en ellos aparecen reproducidos los personajes más significativos de esas horas. Os propongo que me acompañéis, como si dirigiésemos hacia cada uno de ellos el zoom de nuestro objetivo para descubrir sus entrañas, sus sentimientos, su reacciones ante Jesucristo”.

Así, a través de la contemplación metafórica de Judas Iscariote, Poncio Pilatos, el apóstol San Pedro, los sumos sacerdotes, escribas y ancianos del pueblo, de Dimas y Gestas (el buen y el mal ladrón) y de la Santísima Virgen, Antonio Pelayo fue guiando a los presentes del pecado a la Salvación. “Judas Iscariote es el traidor por antonomasia” aseguró Pelayo. “Huyamos de condenar a Judas mientras nos perdonamos nuestras propia traiciones: las de los esposos fascinados por falsas y pasajeras felicidades fuera del matrimonio, las de los amigos que solo son cómplices para compartir nuestras debilidades, las de los políticos que se llenan la boca con promesas que saben que no van a cumplir, las de los religiosos que abusan de los menores disfrazando de cariño lo que no es más que patética lujuria”.

De Poncio Pilatos “se han destacado dos cosas” recordó Pelayo: “Su pregunta ‘¿Qué es la verdad?’ y la escena en que se lava las manos proclamando ante la chusma azuzada por los escribas que era inocente de la sangre de este justo (Jesús)”. Pelayo precisó en su Pregón que es éste “un gesto que ha sido interpretado como expresión de quien no quiere implicarse, de quien se zafa de sus responsabilidades, de quien no quiere asumir los retos de la vida” para asegurar que “hay mucho de Pilatos en todos y cada uno de nosotros: indecisión, cobardía, oportunismo”. En este punto denunció públicamente la pasividad de la sociedad ante la catástrofe climática, el aumento de las desigualdades, el hambre que padecen millones de personas o el drama de los emigrantes que pierden la vida en el mar. “Como el gobernador romano – sentenció – también nosotros nos lavamos las manos”.

La traición y posterior llanto del apóstol San Pedro fue la tercera meditación en este retablo-Pregón a través del que Antonio Pelayo quiso dotar de un profundo sentimiento cristiano y religioso el acto de apertura de la Semana Santa. Las de Pedro “son lágrimas que también nosotros deberíamos derramar ante nuestras numerosas traiciones. ¿Cómo calificar de otra manera cuando negamos no con palabras sino con hechos nuestra condición de cristianos?” se preguntó. Ante la “globalización de la indiferencia” denunciada por el Papa Francisco en numerosas ocasiones, Pelayo llamó a los nazarenos de Cuenca a llorar sin frivolidad, a “un llanto profundo acompañado de arrepentimiento y de una firme voluntad de no volver a las andadas. Jesús nos mira siempre con compasión y nos renueva siempre su amistad”.

La siguiente escena del retablo trasladó a los nazarenos hasta el papel de los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos del pueblo que manipularon a las masas para conseguir la condena de Jesús. En este punto, quiso recordar el Pregonero que los hechos históricos relatados en la Biblia con respecto a la muerte de Jesús no pueden tomarse como justificación de forma alguna de antisemitismo, pues “en la declaración que firmaron en Abu Dabi el Papa y el Gran Imán de la Universidad cairota de Al Azhar, suprema autoridad de los musulmanes sunitas, declaraban que las religiones no incitan nunca a la guerra y no instan a sentimientos de odio, hostilidad, extremismo; no invitan a la violencia o al derramamiento de sangre. Estas desgracias son fruto de la desviación de las enseñanzas religiosas y del uso político de las religiones”.

En la penúltima escena “de ese simbólico retablo en el que contemplamos al Señor clavado en la Cruz” lo vieron los nazarenos de Cuenca entre los dos ladrones. “Antes de morir, Jesús anuncia a uno de esos dos malhechores a los que el derecho imperial consideraba más peligrosos para la sociedad: ‘Hoy estarás conmigo en el Paraíso’. Una promesa que abre a la esperanza de todos nosotros, pecadores” aseveró Antonio Pelayo.

La última escena del retablo puso a los presentes de rodillas ante María, la Madre de Dios, pues consideró Pelayo que quedaría el Pregón incompleto sin referirse a ella, ejemplo de fidelidad, entereza y amor. “El dolor de la Virgen en esas terribles horas en que ve a su hijo escarnecido, escupido y torturado es casi imposible de trascribir” aseguró. “Los imagineros de todos los tiempos han hincado en su pecho siete puñales. La piedad, la religiosidad popular, han rendido siempre un culto muy especial a estas vírgenes, llámense de las Angustias, de la Amargura, de la Soledad o de los Dolores. Son las imágenes que vais a ver desfilar denro de unos días por las calles de vuestra ciudad” evocó.

A la Madre, conocedora en palabras de Pelayo de todos nuestros sufrimientos, a la que “vais a dirigir pronto los ojos, ojalá llenos de lágrimas”, exhortó el Pregonero a los nazarenos de Cuenca que dirigieran su mirada “y con las palabras de la Salve le pidáis que vuelva a nosotros esos sus ojos misericordiosos porque ella, como Madre del Amor derramará, su bálsamo sobre nuestros dolores físicos o espirituales”.

Exaltación de la Santa Cruz

Uno de los ejes más emotivos del Pregón, encuadrado dentro de la línea argumental del retablo, fue el que dedicó Antonio Pelayo a la Exaltación de la Santa Cruz. “A los incrédulos o a los fieles de otras religiones les resulta desconcertante que los cristianos rindamos tanto homenaje a la Cruz” afirmó. “Esta devoción a la Cruz es universal y se escenifica de forma irrepetible en nuestras procesiones de la Semana Santa y de forma muy destacable en la de Cuenca” aseguró, recordando a nuestro Santísimo Cristo de la Vera Cruz.

Hoy, en plena avalancha del relativismo y del escepticismo más profundo, muchos siguen preguntándose qué sentido puede tener adorar la Cruz y en ella al Crucificado” dijo. “Quisiera, por eso, ayudaros a ahondar algo más en lo que podríamos llamar el ‘escándalo de la Cruz’ o si lo preferís ‘el misterio de la Cruz’, que se ha convertido en el símbolo fundamental de la cristiandad de todos los siglos”. Recordó Pelayo en este punto el nacimiento de la fiesta de la Exaltación de la Cruz, que se sigue celebrando desde el siglo IV.

Contemplando con esta mirada iluminada por la fe los pasos de nuestra Semana Santa, ya sabemos que la Cruz no es un espanto, un horror, la forma de muerte más ignominiosa” afirmó. “Desde la Cruz nos contempla no un fracasado, un visionario traicionado por los suyos, un iluso; sino el propio Dios que ha cargado sobre sus hombros con todos los horrores y los crímenes de la Humanidad para darnos una nueva vida, una vida que no podrá arrebatarnos ni la propia muerte”.

Elogio de Cuenca y su Semana Santa

Los recuerdos de la primera visita del Pregonero a Cuenca, allá por los años 60 del siglo XX y con motivo de la Semana de Música Religiosa - “Gloriosa tradición que se mantiene desde hace 60 años hasta convertirse en un hito insustituible para la renovación de la música sacra española”, dijo de ella –, sirvieron a Antonio Pelayo para hilvanar su vivencia y conocimiento de nuestra Semana Santa y coserla a un Pregón comprometido, meditativo y de profunda raíz cristiana.

Calificó el Pregonero a la ciudad como “excepcional y mágica” y aseguró que le produjo “pasmo” en su primera visita, mientras que años más tarde y tras presenciar “algunas de las procesiones de vuestra Semana Santa” ya “admiré la identificación absoluta de vuestra ciudad con esas manifestaciones de la piedad popular. Naturalmente no me perdí la originalísima procesión de las turbas que hoy, gracias a vuestros esfuerzos, ha sido regenerada y devuelta a su original expresión”.

Se mostró Pelayo sorprendido ayer como hace 60 años por “la natural simbiosis entre un glorioso pasado histórico y un presente tan vanguardista como el de las colecciones que alberga el Museo de Arte Abstracto”. Se confesó sobrecogido como entonces y “por encima de todo, por esa misteriosa creatividad de la naturaleza que ha unido piedra y agua con una vegetación exuberante a la que las ráfagas de luz del alba y del ocaso convierten en un caleidoscopio inolvidable”.

Como buen periodista y amante de los datos, no quiso Antonio Pelayo dejar de referir algunos de los más destacados con respecto a nuestra Semana Santa, entre los que puso el énfasis en el número de nazarenos “que puede cifrarse hoy en torno a 30.000, cifra asombrosa y única en el mundo, si se tiene en cuenta que la población de vuestra capital ronda en torno a los 55.000 habitantes. Eso quiere decir que más de la mitad de los conquenses tiene asociada su vida a una Hermandad”.

En defensa de la Semana Santa de Cuenca

Aunque quizá el punto álgido del Pregón de Antonio Pelayo llegó al final, cuando dirigiéndose a todos los nazarenos y nazarenas de Cuenca les hizo desde el escenario del Auditorio este solemne llamamiento: “No os dejeis arrebatar el tesoro de vuestra Semana Santa. Que nadie se atreva a manipularla. Que nadie caiga en la tentación de convertirla en una mera atracción turística. Salvadla del escaparate de vanidades y superficialidad que caracteriza nuestra sociedad moderna. Os lo pido de todo corazón. Es un tesoro que está en vuestras manos, una preciosa herencia de vuestros antepasados que tenéis que transmitir íntegra y sin fisuras a las generaciones venideras, a vuestros nietos y a vuestros hijos”.

Una cerrada, emocionada y larga ovación saludó las últimas palabras de Antonio Pelayo, quien con el rito ya cumplido recibió el reconocimiento y agradecimiento de la comunidad nazarena – a la que expresó no tener suficientes palabras para dar las gracias por el honor de ser Pregonero y a la que pidió ser considerado un hermano más – en forma de aplauso y de la escultura de un nazareno, obra de Tomás Bux, como viene siendo costumbre. El Pregonero se acercaba además a ofrecer su Pregón al Calvario que presidió el acto en el escenario, que lucía una decoración con mucho gusto y cargada de simbolismo para la ocasión.

Una docena de citas para hilvanar un Pregón

Una de las características del Pregón de Antonio Pelayo han sido las citas de otros autores – algunos de ellos también pregoneros de la Semana Santa de Cuenca – seleccionadas por el Pregonero para hilvanar su texto, a modo de homenaje y para enriquecer más si cabe el texto que vertebra la vivencia.

Así, a las palabras del Papa Francisco, las del apóstol San Pablo o las del historiador romano Flavio Josefo, se sumaron las de la cantante norteamericana Tina Turner y su frase “la adversidad ha sido el mayor regalo que me ha dado la vida”. También los versos del Nobel de Literatura Pablo Neruda sobre Machu Picchu, que sirvieron a Antonio Pelayo para hermanar Cuenca y el monumento peruano por su denominador común, la piedra transfigurada en santuario.

Hablaron en el Pregón de Antonio Pelayo el arzobispo emérito de Sevilla Cardenal Carlos Amigo y el Cardenal Ravasi, presidente del Pontificio Consejo para la Cultura. Lo hicieron también las pregoneras Paloma Gómez Borrero y Pilar Ruipérez, de quien citó una de las frases más bonitas de su Pregón: “Aquí nacemos, crecemos y envejecemos con la Semana Santa. Estamos fuertemente ligados a ella con un hilo invisible trenzado por la fe y las tradiciones. Si alguien quiere conocer el alma de Cuenca tendrá que venir en Semana Santa. No se termina de conocer esta ciudad y a sus gentes si no se conoce su Semana Santa”.

Cedió Pelayo en su texto la palabra al Cardenal Ricardo Blázquez para hablar de los ojos de Pedro “que ya no son altaneros sino humildes y la mirada de Jesús comprende la fragilidad y perdona ofreciendo nuevamente la amistad al discípulo que cobardemente terminaba de distanciarse del Maestro”, y llamó también para describir el trance de la traición y el arrepentimiento a su maestro, el sacerdote y periodista José Luis Martín Descalzo.

Los versos de Santa Teresa de Ávila, primera mujer declarada Doctora de la Iglesia, ayudaron a los nazarenos a comprender mejor que “En la Cruz está la vida y el consuelo”, mientras que las palabras de Santa Edith Stein, intelectual judía convertida al cristianismo que se hizo carmelita y murió en el campo de concentración de Auschwitz, pusieron de manifiesto que “la Cruz no es un fin en sí misma. La Cruz se perfila hacia lo alto y sirve como anuncio de lo alto, símbolo triunfal con el que Cristo llama a las puertas del cielo y las abre de par en par”. Luis de Góngora y Diego Gómez Manrique de Lara personificaron sus versos en boca del Pregonero para hablar del sufrimiento de Jesús y describir de María el sufrimiento.

Un Pregón tejido de otras voces y otros tiempos. Un Pregón cuajado de sentimientos compartidos y de una fe que de palabra en palabra y de texto en texto, desde el principio se ha ido transmitiendo. Una devoción que encuentra su máxima expresión en la Semana Santa de Cuenca y que al fin, casi tres años después, está preparada para sacar a la calle aquello que los conquenses llamamos el Sacramento de nuestra fe.