Galería: Águeda Lucas // Crónica: Berta López
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Por eso le daré una parte entre los grandes,
y con los fuertes repartirá despojos,
ya que indefenso se entregó a la muerte
y fue contado entre los malhechores,
cuando tomó sobre sí las culpas de todos
e intercedió por los pecadores.
- Del Libro de Isaías.
No bien entraba en la Virgen de la Luz la Soledad del Puente, cerrando Paz y Caridad, hacia la una y media de la madrugada, y ya se escuchaba el bramar de tambores en algunos puntos de la ciudad. Imposible dormir, cuando sabes lo que al Señor le espera. En la Plaza de El Salvador, los tambores iban subiendo en intensidad conforme el reloj avanzaba. Hacia las 4 de la mañana empezaron a llenar los hermanos del Jesús la iglesia de El Salvador. Los banceros de Cristo vuelto Él mismo bancero de crucifixión encararon, como es costumbre, el paso hacia la puerta.
Con la turba enfervorecida fuera, subiendo cada vez más la emoción y los decibelios, arreciando tambores y cánticos, los hermanos aguardaban dentro de la iglesia en tensa espera, como manda el canon de Camino del Calvario. Antes de salir, rezaron dirigidos por el párroco titular de El Salvador, Gonzalo Marín, recordando los pasajes evangélicos que iban a revivir. A las 05:28, José Aguilar ‘Pataco’ llamó a las puertas de El Salvador por vez primera. A las 5:29, por segunda. Y al poco, cuando hacía ‘Pataco’ ademán de llamar una tercera, se escuchó el conocido descorrer de cerrojos – parece mentira que así fuera, con la brutal algarabía de tambores que lo copaba sonoramente todo, pero así fue – y se abrió, al fin, la segunda puerta más esperada de la Semana Santa de Cuenca.
La salida fue, sencillamente, extraordinaria y ensordecedora. La intensidad de los tambores al aparecer el Guión de Nuestro Padre Jesús Nazareno de El Salvador bajo el arco de las puertas de la iglesia, para delirio de la turba, fue de las que estremecen el alma. De las que te despiertan de golpe a la realidad de lo que es Semana Santa y Cuenca. De las que no se olvidan, porque no quiere uno olvidarlas. De las de quedarse a vivir en ellas. Nuestro Señor apareció poco después, con el paso ligero que llevar suele, y recibió una clariná que se escuchó en toda la ciudad. Esta cronista pensó, en ese momento, en el privilegio que tenemos los nazarenos de Cuenca: en la madrugada santa, siempre sabemos cuándo está caminando el Señor por nuestras calles. Las clarinás nos lo cuentan.
Ya desde el inicio se vio que sería una procesión muy participativa. Para demostrarlo, un dato: desde que salió a hombro de bancero Nuestro Señor hasta que lo hicieron Ntro. Padre Jesús caído y la Verónica, pasaron 17 minutos en los que no dejaron de salir nazarenos del Jesús desde el interior de El Salvador. A esta cronista le pareció que la de este año ha sido la procesión con más hermanos del Jesús, de los últimos 20.
La cabecera del San Juan Evangelista salió a las 5:49 horas. A las 6 de la mañana lo hizo el discípulo, palma bendecida en el Hosanna al viento. Durante todo ese tiempo de diferencia, no dejaron tampoco sus nazarenos de salir del templo. A brazo, con cuidado de no tronzar la palma en el dintel de las puertas de dentro, sacaron los banceros a su San Juan. Y, colocados los angelotes a ambos lados, el Evangelista echó a andar, con ese característico paso suyo por el que parece que siempre va bailando. La turba llenaba ya Las Torres y la Puerta de Valencia, con el Jesús muy cerca detrás. A las 6:07 de la madrugada sonaba por primera vez y en la plaza de El Salvador el eterno San Juan de Cabañas en honor del discípulo al que el Señor tanto amó, con la turba que quedaba (que no era poca) dejándose los pulmones y las manos al toque de clarín y de tambor.
Dos minutos después, hizo su salida la cabecera de Ntra. Sra. de la Soledad de San Agustín a una plaza que fue quedando poco a poco en silencio, si bien este año costó un poco más percibirlo, al estar cerca la Banda de Horcajo interpretando San Juan para San Juan. También le pareció a esta cronista que le costó algo más a la turba guardar silencio. Pero lo hicieron. El Encuentro de Jesús con su Madre Camino del Calvario salió a las 6:14 horas, en una maniobra fina y precisa; encendidos los cirios, perimetrada el anda como si fuera camino, con un arreglo a base de clavel morado jaspeado y statice morado. Al mismo tiempo, alcanzaba el Jesús el primer tramo de Las Torres, con la Verónica muy cerca.
La Madre, Ntra. Sra. de la Soledad de San Agustín, completó su salida hacia las 6:20 horas, en una maniobra limpia y elegante, en un profundo silencio en el que tan solo se escucharon las órdenes de su capataz. Estrenando aureola procesional, arropada por la mantilla y el rosario que llevarán dos hermanas en sus enlaces de este año, con un rosario en recuerdo del hermano Fernando Dávila Nielfa prendido en la cintura y adornada con cañas, rosas, orquídeas y lisianthus blanco e hypericum rosa, echaba a andar la Madre con su cadencioso y dulce paso, mientras la Juvenil Filarmónica de Villamayor de Santiago interpretaba para ella La Madrugá. Solo habían transcurrido 20 minutos de la procesión que abre el Viernes Santo y ya estaba la ciudad conmovida piedra a piedra.
Hacia las siete menos veinte de la mañana entró el Jesús en Carretería, donde la Hermandad giró el paso en dos ocasiones, en memoria de dos hermanos. Tanto el Jesús como el Caído y la Verónica estuvieron acompañados un año más por la Guardia Pretoriana de la Pasión Viviente de Tarancón, en esa comunión entre Cuenca y su provincia que tan especial se vuelve en Semana Santa. En la cuesta de Alonso de Ojeda, frente a la herrería, la Madre escuchaba su motete sin rayar aún el día, un motete que desde hace varios años desemboca en la marcha Al Capataz, que en su inicio recoge precisamente las primeras notas del motete, creando un momento único.
La procesión, si bien fue algo cortada en algunos tramos, se desarrolló rápida en la subida y dejó momentos de gran belleza. El público se concentró en el motete, la Puerta de Valencia, las curvas de la Audiencia y el monumento Turbas Generación, lugar de la esperada clariná de Palafox, a la que el Guión del Jesús llegó a las 7:40, si bien los turbos llevaban ya recibiendo al Guión y a las Sagradas Imágenes entre clarinás y palillás desde que aparecieron en la Trinidad.
El momento fue estremecedor, tanto para el Jesús de las Seis como para la Verónica. Fueron apenas diez minutos, pero de esos diez minutos que uno elegiría vivir al menos una vez en la vida. Esos a los que elegiría volver, si pudiera, antes de subir al Padre. Los turbos más veteranos, con sus clarines, recibieron al Jesús como manda la tradición y merece. Lo mismo con la Verónica. Y los capataces de ambos pasos, muy en su sitio durante todo el recorrido, correspondieron haciéndolos bailar, a cada uno a su manera, a hombro y riñones de sus banceros, en una comunión digna de apreciarse. Cuando la cabecera del Evangelista alcanzó este punto, hacia las 7:52 horas, todavía quedaba turba dispuesta a honrar a su San Juan. Y hacia la subida tambores. Tambores, en lo profundo.
El paso por la Audiencia fue también muy bonito, con el cortejo ya muy junto de nuevo y bien organizado, tal y como había llegado a la Trinidad. En el embudo de Andrés de Cabrera se agrupó la numerosa turba, encabezada por el Guión y por un grupo de turbos ciegos que pudieron vivir, por fin este año, la experiencia de la que la lluvia les privó el año pasado.
Hacia las 8:10 de la mañana se empezó a colmatar de turbos la Plaza Mayor, como una masa nazarena sedimentaria que representa hoy lo que empezó hace cuatro siglos y dos milenios. A las 8:40 hizo su entrada en la Plaza el Guión del Jesús. No cabía un alma. Y las paredes de los edificios, hasta la portada de la Catedral, reflejaban el sonido y lo devolvían multiplicado, en una suerte de catársis que nos acerca en Cuenca, cada año, a lo que debió vivir el Señor camino del Calvario. El Jesús de las Seis entró bajo arcos bailando a su manera, sobre las 8:41, bien dirigido y llevado. La Caída entró a las 8:47 horas, también bailando. El paso por la Plaza, tanto del Jesús como de la Verónica, fue extraordinario.
No menos lo fue el del San Juan Evangelista, que encaró arcos pasados unos pocos minutos de las nueve de la mañana. Bien dirigido, con su paso característico y bailando mucho y bien cruzó la Plaza, sonando San Juan en la de Horcajo de Santiago. El ruido de tambores era tal que, pese a ser una de las bandas con más potencia de nuestra Semana Santa, costaba en verdad escucharla. Doble mérito para los banceros el mantener bien el paso.
Y al entrar bajo arcos el Guión de la Soledad de San Agustín… silencio. En la Plaza en la que no cabía un alma, se estremecieron todas al paso de la Madre, con Pasa la Soledad en la de Villamayor, que sonó mucho y bien en todo el recorrido y se presentó en la procesión con un repertorio cuidado de 36 marchas preparadas expresamente para la cita. Cadenciosa y doliente, la Madre. Encarando a su Hijo (ya en borriquetas). Con el Encuentro a paso también pausado y elegante ante ella. Desde la altura del balcón del Ayuntamiento se pudieron apreciar claramente las larguísimas filas de hermanos que acompañaron a las tres hermandades y la gran cantidad de turba (más de 2.500), con muchas familias, muchas mujeres y muchos niños.
Reunido el cortejo al completo, el Jesús inició el descenso cinco minutos antes de las 10 de la mañana. Fue también rápido, como venía siendo toda la procesión, y muy compacto. El paso por Los Oblatos fue, sencillamente, memorable. Eso sí, este año la turba se ‘comió’ un poco más de la última estrofa del miserere a Ntro. Padre Jesús Nazareno de El Salvador, como si después de un año esperando no pudiesen esperar unos segundos más. Esta cronista prefiere esos años en que la turba rompe el silencio cuando está más cerca el Coro de terminar de cantar. La Madre abandonó la Plaza Mayor a las 10:45 horas, mientras la turba enfilaba ya hacia El Salvador, por el Peso, en ese embudo que se forma y que complica el avance.
Con el Jesús en bajada escucharon sus misereres la Caída y el Guapo, que llegó a Los Oblatos con El Evangelista, bailando a bravo golpe de horquilla y palma al viento. Hacia las 11:36 horas alcanzaría el discípulo la Puerta de San Juan, en un giro precioso y de una, sonando muy bien la de Horcajo, para entrar hacia el mediodía en la Plaza del El Salvador. Tras bailar en la plaza, y del ademán acostumbrado de entrar en el templo sin hacerlo en varias ocasiones, resistiéndose a su final ante la turba que esperó pacientemente su llegada para despedirlo como merecía, el San Juan entró en el templo y la horcajeña interpretó en el interior y por última vez este año el himno nazareno compuesto por Cabañas; los últimos bailes tuvieron lugar ante el retablo del Altar de El Salvador y la Agonía en andas.
Tras él, el Encuentro y Ntra. Sra. de la Soledad de San Agustín. Al paso de la Madre por San Felipe y tras escuchar el Stabat Mater, tuvo lugar el estreno de la marcha Tu soledad, nuestra esperanza, que fue la que escuchó también en su final de Solera al Salvador, donde entró hacia las 12:30 horas. Diez minutos antes lo hizo el Encuentro. Entraron ambos pasos en el más absoluto de los silencios de quienes le aguardaron ante la iglesia. Especialmente emotiva fue la entrada de la Madre, a quien sus banceros mecieron elegantemente ante la puerta de El Salvador, durante los tres minutos finales de la marcha. Como si ninguno de ellos quisiera dejar nunca de llevarla en el hombro. Como si, en ese momento y con la procesión cumplida, llevarla no costara. Como si le estuvieran diciendo: sola no estás, Madre. Que es tu soledad nuestra esperanza.
Porque si algo fue, por encima de todo Cuenca en esta madrugada santa, es peregrina. Peregrina en la esperanza que da seguir, con nuestras túnicas de nazarenos, nuestras ilusiones, pesares y anhelos, los dolientes pasos de Nuestro Señor.
Otros detalles
Ocuparon la presidencia institucional de la procesión el representante de la V. H. de Ntra. Sra. de la Amargura con San Juan Apóstol, José Bodoque y Marta Tirado, concejala de Turismo, Patrimonio Histórico y Promoción Empresarial del Excmo. Ayuntamiento de Cuenca.
En cuanto a las novedades, la talla de la Verónica, del paso de Ntro. Padre Jesús caído y la Verónica, estrenó vestido de procesión. Diseñado por el modisto conquense Eduardo Ortega y confeccionado en su atelier, está formado por tres piezas: falda, corpiño y manto. La falda, en seda salvaje color plata envejecida, a modo de basquiña, está confeccionada con muchos pliegues en la cintura que producen un abultado vuelo en la parte inferior. Para conseguir el efecto de llevar una falda sobre otra, como el estilo de la época, se han unido las partes de seda lisa tableadas con una pieza frontal protagonista, de un tejido de oro y sedas con brocados de Lyon de finales del siglo XIX.
El tejido frontal proviene de una antigua capa pluvial del siglo XIX. En el bajo se le ha aplicado a mano una pieza de encaje de hojilla de plata para rematarla. El corpiño queda independiente de la falda y está compuesto por 13 cortes de tejido verticales que se han entretelado para armarlo de tal forma que se asemeje al típico jubón de la época. El jubón como prenda femenina no se menciona hasta la segunda mitad del siglo XVI. El corpiño que se ha confeccionado sigue los patrones de jubones femeninos de Juan de Alcega de 1580 y de Francisco Rocha Burguen, de 1618 ambos, sastres de renombre. Cuenta con unas haldetas para poder adaptarlo a la cintura a modo de faldillas, como se les denominaba a los jubones con faldones y los primeros modelos de guardainfantes para ahuecar las faldas. Estas haldetas van rematadas con encaje fino de Bruselas. Mangas en seda acabadas en unas finas puñetas de encaje de Bruselas de fines del s. XIX. Otro encaje también de Bruselas contornea el cuello imitando las gorgueras o lechuguillas.
Todas las costuras que conforman el corpiño se han enriquecido con agremanes de hilo de plata de origen francés e italiano, ambos del s. XIX. El manto es una pieza versátil, ya que ha podido ser configurada de tal manera que se pueda emplear como capa, como una especie de saya española con mangas acuchilladas o como un chaleco. En un bonito terciopelo de algodón color verde pavo real oscuro. Forrado en brocado de seda de la casa Gammarelli de Roma. Un encaje de tipo punto España en hilo de plata circunscribe toda la pieza (Fuente: Srto. Ortega Atelier).
El sudario que llevó en las manos la Verónica es también nuevo; fue bendecido en el viaje a Roma que la Hermandad hizo a finales de 2023 y ha sido diseñado por el escultor Javier Viver, a semejanza de la faz de Cristo que se observa en la Sábana Santa de Turín. Viene a enriquecer la colección de sudarios que posee la Hermandad y entre los que se cuentan algunos de artistas conquenses, como el de Óscar Pinar. Finalmente, la talla de Ntro. Padre Jesús Nazareno de El Salvador desfiló restaurada.
También importantes novedades en el desfile del San Juan Evangelista: la Hermandad doró los varales del Guión, del estandarte de cabecera y del cetro del hermano mayor en Industrias Élite de Sevilla. Además, el apóstol estrenó el camisón que lleva tradicionalmente bajo la túnica. Y la Agrupación Musical ‘La Concepción’ de Horcajo de Santiago estrenó un cubretambor rojo, regalo de la Hermandad del Evangelista, a la que les unen lazos de hermanamiento.
Finalmente y en cuanto a las novedades que presentó en el desfile la Soledad de San Agustín, destacaron el estreno en procesión de la aureola procesional de la Virgen, diseñada y elaborada por el taller cordobés Stella Stilo Jewells y engrandecida con el oro y plata que los hermanos han entregado a la Madre. En la aureola se ha sustituido el escudo central de la pieza por una cartela cuyo elemento principal es una cruz de amatista sobre un corazón flamígero escoltada por ángeles con el escudo de Cuenca y el anagrama del Ave María. Debajo, una nube angelical sobre una paloma simboliza el Espíritu Santo. 12 estrellas, inspiradas en el rosetón de la Catedral y la decoración de su Capilla Honda, flanquean otras tantas letanías marianas. Y broches de circonitas y amatistas decoran el perímetro.
Nuestra Señora de la Soledad vistió como tocado un centro de mantilla goyesca en color marfil y perimetrado por una mantilla negra bordada en dorado; ésta última es propiedad familiar de cuarta generación de una hermana que se casará este año y dicha mantilla se utilizará en el rito del sacramento. Además, estrenó una medalla de filigrana de plata del siglo XVIII con la imagen de San Antonio, donada a Nuestra Señora de la Soledad por una hermana y un encaje para las mangas donado por un hermano.
Portó también nuestra Madre un rosario de azabache y plata cedido para el desfile por una hermana que contraerá matrimonio y que portará este rosario en su ramo de novia. De manera especial, prendido en la cintura, llevó el rosario de plata y nácar dorado, en memoria del hermano Fernando Dávila Nielfa. Además, la hermandad presentó sus cetros enriquecidos con una peana circular que sirve de base para el remate del cetro. La hermandad ha renovado también incensario y naveta.
En el capítulo musical, tuvo lugar el estreno absoluto de la marcha Tu Soledad, nuestra esperanza, dedicada a la Titular de la Hermandad, la Virgen de la Soledad de San Agustín, en el Año Jubilar de la Esperanza 2025. Compuesta por Casimiro Mejía Montalvo, el trío de la marcha se presenta para ser cantado y cuenta con letra de la soprano y hermana de la Soledad, Rocío Burgos Álvaro. La marcha se estrenó en la calle Andrés de Cabrera, justo tras el momento del Stabat Mater que el Coro del Conservatorio cantó a su paso en Los Oblatos, si bien la parte cantada no se desarrolló en el desfile procesional. La composición, potente y de aire andaluz sin perder su esencia conquense, cuenta con guiños musicales al motete de la herrería, a la marcha Al Capataz (compuesta por José Luis Torijano y dedicada a Antonio López, capataz del Bautismo y de la Soledad en el momento del estreno y compositor del motete junto a Torijano y Francisco Javier Tortajada) y al Himno de Villamayor de Santiago, a cuya Juvenil Filarmónica y su especial relación con la Hermandad de la Soledad de San Agustín está también dedicada. En cuanto al título, pretende ser no solo una referencia al Año Jubilar de la Esperanza, sino que condensa en cuatro palabras la vivencia de María, nuestra Madre.
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