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Las Turbas Las Turbas Las Turbas Las Turbas

Las Turbas

Todo en esta vida tiene un porqué, un origen, un fin. No es caprichoso que, cada año, en la madrugada del Viernes Santo, bajo la luz de la primera luna llena de la primavera, tres hermandades hagan pública su fe procesionando por las calles de Cuenca. Tampoco lo es la participación de Las Turbas en este singular cortejo, que se ha constituido como una de las señas de identidad de la Semana Santa de la ciudad.

Aunque sí existen datos fiables de que la primera procesión del amanecer del Viernes Santo en la ciudad, llamada en sus orígenes de los Nazarenos, tuvo lugar en 1616, sobre el verdadero origen de Las Turbas, tal y como las conocemos hoy en día, no hay un hecho real o ficticio que sea asumido por todos como germen de este colectivo. Lo que sí parece claro es que no son anteriores al siglo XIX. Pero, ¿qué sentido tenía la participación de este grupo? ¿Qué o a quiénes representaban? La mayor parte de las hipótesis que tratan de justificar su presencia en la procesión del Viernes Santo conquense hablan de los turbos como un grupo de actores cuya misión es simular la burla de la que, según la tradición cristiana, fue objeto Jesucristo en su camino a la Cruz. ¿Sólo eso? Entonces, ¿por qué el uso del tambor y los clarines?

Tratando de ahondar aún más en el origen de esta peculiar manifestación, nos damos cuenta de que la participación de personas tocando el tambor en la Semana Santa no es un acontecimiento exclusivo de Cuenca. Tanto en España como en Hispanoamérica, son muchos los lugares donde tienen lugar celebraciones con importantes semejanzas (Alcañiz, Hellín, Tobarra, Híjar, Calanda o Zamora en España o Jesús María en México). En todas, el pueblo y el tambor son elementos comunes; pero en cada una de ellas hay un origen y un fin.

Por otro lado, un repaso a la Historia del Arte nos ofrece un buen número de evidencias de que tambores y cornetas han formado parte de las representaciones de las escenas de la pasión y muerte de Jesucristo, al menos, desde la Edad Media. Por todo ello, muchos de los estudiosos que han tratado de explicar la razón del uso de la percusión durante la Semana Santa buscan sus raíces en lo más profundo de la tradición cultural en unos casos, en la religiosa en otros o, en una gran mayoría, en una mezcla de ambas.

Llegados a este punto, podemos afirmar que Las Turbas, tal y como hoy las conocemos, surgieron en el siglo XIX íntimamente ligadas a la hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno de El Salvador y que recogieron una serie de rasgos anclados en lo más profundo de nuestro acervo cultural. Nos encontramos, por tanto, con una manifestación que aúna el fervor religioso y la tradición cultural.

A comienzos de siglo, este grupo estaba formado por seis clarines, seis tambores y un maestre de Turbas, todos ellos de familias muy humildes. Aparecen de esta forma linajes íntimamente ligados desde entonces a este colectivo: Los Planchas, Los Pantaleones, Los Patacos… Aseguran que José Cobo, por entonces alcalde de la ciudad, les pagaba una parvedad consistente en un real y una punta de alajú por turbo.

La necesaria reconstrucción de la Semana Santa tras la Guerra Civil también llegó hasta Las Turbas. A partir de entonces, formaban parte de ella 24 personas: 12 clarines y 12 tambores, aunque era habitual contar con la presencia de los más jóvenes de la familia que continuaban con la tradición de las familias primitivas. El orden del desfile era el siguiente: primero los clarines, luego los tambores y, tras ellos, El Jesús.

Otra de las costumbres tradicionales, que hoy todavía perdura, ha sido la visita que la turba rinde a los Hermanos Mayores de Nuestro Padre Jesús Nazareno –también en muchas ocasiones a lo de San Juan Evangelista- en la noche del Viernes Santo. El Hermano Mayor correspondía a sus visitantes con un ágape a base de galletas, magdalenas, pastas y resoli.

Casi en el olvido está quedando también la artesanía relacionada con la elaboración de dos de los elementos protagonistas de la madrugada del Viernes Santo: el tambor y el clarín. En este caso la comodidad está apartando a la tradición. Dicen los turbos de toda la vida que el sonido más puro lo proporcionan los tambores confeccionados a base de tensar la piel –preferentemente de ternera- con las manos y con la ayuda de una cuerda.

Una piel que ha debido estar al menos durante un mes sumergida en agua con sal antes de ser colocada en la cuba. Tras el montaje, el tiempo hará el resto: unos diez días después estará seca y el tambor listo para su uso. En el caso del clarín, el tubo de cobre ha sido la materia prima más utilizada. Unas vueltas con la ayuda de una máquina, una boquilla en una punta y un cono metálico en la otra son suficientes para lograr un clarín tradicional.

Pero quizá lo que más ha cambiado ha sido la procesión misma. Al margen de la necesaria evolución y la consiguiente adaptación a los tiempos, en los últimos años han aparecido muchos elementos que poco o nada tienen que ver con Las Turbas. No tienen sentido ni el cruce de palillos, ni las palilladas, ni los gritos, ni los saltos, ni los silbidos, ni los empujones… ni, por supuesto, los enfrentamientos ni los insultos. Al fin y al cabo, no debemos olvidar que participamos en una procesión religiosa en la que cada uno, desde sus propias creencias, ha de cumplir su papel.

Y para que esta santa tradición perdure en el tiempo, es necesario buscar la autenticidad, las raíces, y huir de lo superfluo. Comprender que Las Turbas siempre han precedido al Nazareno del Salvador, y por tanto han de desfilar delante del guión de la hermandad; sólo ese es su sitio. Saber que los clarines han sonado cuando El Jesús asomaba por las curvas o cuando iniciaba la marcha tras el descanso de los banceros; mientras, los tambores callaban. Entender que el Miserere es el canto de un salmo penitencial (Misericordia, Dios mío, por tu bondad,/ por tu inmensa compasión borra mi culpa;/ lava del todo mi delito,/ limpia mi pecado./ Pues yo reconozco mi culpa) y que siempre se ha escuchado en silencio y con el debido respeto. Y no hay que olvidar que el tambor, con su sonido ronco, y el clarín, con su estridencia, no han de ser sino una demostración del respeto y la devoción del turbo hacia del figura del Nazareno que camina, sin remisión, hacia una muerte anunciada. Con todo ello, en la turba se conjugan, como en ningún otro sitio, la fe, la tradición, la religiosidad popular, la cultura… Sin esa mezcla de fe y tradición, no tendrían sentido, serían una fiesta más.

Debemos ser conscientes de que formamos parte de un desfile en el que la razón de participar ha de ser igual para todos sus integrantes –acompañar a Jesús en su camino al Calvario-; la manera de hacerlo es lo que cambia: como bancero, nazareno, turbo… El cardenal Carlos Amigo, arzobispo metropolitano de Sevilla, lo explica a la perfección con un ejemplo: “A la misma hora, la misma Señora, la Virgen de la Soledad de Cuenca y la Virgen Macarena en Sevilla salen a la calle. El silencio es contenido son casi respiración ante la Virgen querida de Cuenca. ¿Aplaudir? ¡Sería ofensa! ¿Decir piropos? ¡Sería blasfemia! A la misma hora, la misma Señora, con otro nombre sale a la madrugada de Sevilla. ¡Bandas de música, aplausos, vivas, piropos! No hacerlo sería de mal hijo. Pero, en el fondo, el amor y la devoción a la Madre!... El mismo texto, distinta música”. En el caso de Las Turbas, un mismo fondo –la devoción a Jesús- pero con distinta forma –cofrades o turbos-. Un sentimiento común pero distinta manera de manifestarlo.


Texto: Luisma Calvo