Entre el estruendo y la compasión

03 de Abril de 2026

Galería: Pablo Procopio || Crónica: Berta López

Siente crecer el rumor que del Señor ya se burla.

Nota cambiar mi latido por el bramar de la turba.

Los primeros tambores se escucharon hacia las 2 de la madrugada; es posible que incluso un poco antes, con la Madre, Soledad del Puente, todavía bajando por Palafox. Es posible que escuchara ella en esos momentos del tambor el lamento que le traía el viento frío de la ya madrugada en ciernes de Viernes Santo y, con él, el recuerdo y la certeza de lo que había de venir.

Hacia las 2, comenzó el rumor de la turba a arreciar por toda la ciudad. Lentamente. Como un murmullo lejano primero. Después como el estruendo que había de envolvernos una madrugada santa más. Descansaba ya en el seno de la Virgen de la Luz el cortejo completo de Paz y Caridad. Fuera, desde todos los puntos de la capital, turbos de todas las edades y condiciones, procedentes de todas las hermandades y ataviados con sus túnicas en amalgama de color (como debió ser en verdad el pueblo judío hecho turba en aquel tiempo en que caminó por sus calles Jesús), ‘armados’ con sus tambores roncos y clarines destemplados, se llegaban hasta la Plaza de El Salvador, prestos a rendir sus respetos al Jesús del Salvador como saben que la turba debe hacerlo: con burla de clarín y de tambor.

Porque en Cuenca y Camino del Calvario, en nuestra procesión de los máximos contrastes, el respeto y el amor se manifiestan de dos formas bien diferentes: estruendo de burla para el Señor y el Discípulo Amado, silencio absoluto para la Madre.

Para las 4:30 de la madrugada, en la Plaza de El Salvador ya se había cubierto con creces y hacía horas el aforo permitido. La turba, arremolinada en torno a las puertas que diseñó Miguel Zapata para la que es una de nuestras iglesias más emblemáticas y enclave fundamental en la Semana Santa, sobre todo en la madrugada del Viernes Santo, reclamaba con bramido descomunal de tambores y palillos la salida del Jesús. El sonido era intenso, violento, estremecedor. Voraz. Como debió serlo en su tiempo. A pesar de que, coincidían los responsables de la Junta de Cofradías, Policía Nacional, hermandades y Las Turbas de Cuenca, había menos turba que otros años en esos momentos, en la primera parte del recorrido, de El Salvador a la Puerta de Valencia.

Dentro del templo, el sonido de la turba se escuchaba con total nitidez pese a los gruesos muros. Era tal la acumulación de decibelios, que los gritos reclamando al Señor los traspasaban sin esfuerzo.

Rezaron los hermanos del Jesús, la iglesia a media luz. Movieron la talla del Señor, en andas, para prepararla encarando la puerta. Y así, en un tenue silencio, a media voz, la R. A. I. V. H. de Ntro. Padre Jesús Nazareno de El Salvador, esperó. En el entorno del templo ya se congregaban los banceros y portaenseres del San Juan. En su sede, los de la Soledad de San Agustín. Habían llegado ya la AM ‘La Concepción’ de Horcajo de Santiago para hacer más llevadero su camino al Discípulo y a sus banceros, la Juvenil Filarmónica de Villamayor para tratar de consolar de algún modo a la Madre.

Hacia las 5:20, la turba empezó a descender, impelida por la presión del grupo de orden procesional para que dejaran espacio frente a El Salvador, a fin de facilitar la salida del Guion del Jesús y, tras él, de la Sagrada Imagen por la que llevaban horas haciendo sonar sus tambores. A esta cronista le pareció que se alejaba demasiado la turba de la puerta, aunque comprende la necesidad de velar por una salida segura para todos, especialmente para los hermanos más pequeños. Conforme apretaba el cordón hacia la cuesta de Botes, más arreciaban los gritos de ‘¡Que lo bailen!’ y las palillás. Los turbos más antiguos, con José Aguilar a la cabeza, tomaron inmediatamente posiciones frente al portón. Unas horas antes y siguiendo la tradición, los turbos históricos habían ayudado a vestirse a los Hermanos Mayores del Jesús, en la unión de sus dos formas de venerar al Señor. Unos con túnica y capuz; otros, con clarín y tambor.

Aupado por dos turbos, el que tuvo este año el honor de llamar a las puertas de El Salvador, dio los aldabonazos a las 05:29. En los tensos momentos antes de que el templo se abriera, los últimos abrazos. Y entonces, a las 5:30 en punto, la luz del interior de El Salvador rasgó la penumbra de la Plaza. Y la turba, al ver salir el Guion, estalló. Un estruendo profundo atronó la ciudad hasta sus raíces mismas, mientras la turba descendía por Alonso de Ojeda hacia la Puerta de Valencia – donde el camino seguía bastante más despejado que otros años – y el Jesús pisaba por primera vez Cuenca en esta Semana Santa. Muy destacable su salida, rápida, limpia, medida y acompasada, jaleada de clarinás y palillás más que intensas – por más que a la turba antigua no le gusten estas últimas, forman ya parte del paisaje sonoro de Camino del Calvario – en los primeros metros.

La Caída salió bailando a la Plaza de El Salvador hacia las 05:40, también en maniobra muy fluida y vistosa, ante la turba dejándose las manos y el alma misma. Bajó bailando todo el primer tramo, como acostumbra, con los turbos sin dejar de gritar su consabido ‘¡Que lo bailen!’. Junto con ambos pasos, una cantidad muy reseñable de hermanos – la más alta que recuerda esta cronista en 22 años – hasta el punto de doblar filas ya desde el interior de El Salvador. Era las 05:43 cuando desaparecía el velo de la Verónica por la cuesta de Botes, estando ya en la arcada de El Salvador la cabecera del San Juan Apóstol Evangelista.

El Discípulo Amado puso pie a hombro de bancero en la Plaza de El Salvador a las 05:48, tras la compleja maniobra que permite que salga sin que se quiebre su palma. La clariná con que la turba lo recibió fue atronadora. Con la agilidad y destreza que dan los años y la experiencia, algunos de los nazarenos que forman parte de la historia contemporánea de la Hermandad, como Diego Escudero, Carlos Redondo o las hermanas Armero, distribuyeron horquillas, organizaron las filas y montaron los angelotes a ambos lados de las andas para que San Juan avanzara, con su paso característico y sin dejar de bailar. Tras él, la Horcajeña se aprestaba a interpretar por primera vez San Juan.

Y entonces, como en una suerte de coreografía de tradición, fe, respeto y amor, a las 06:02 apareció en el quicio de El Salvador la cabecera de la Soledad, con el Guión portado un año más al estilo de Antonio Aguilar ‘Pataco’, y se hizo el silencio. Salió primero el paso de El encuentro de Jesús con su Madre camino del Calvario, de una, ágil y perfecto. Lo subieron sus banceros a hombro hacia las 06:08 y, un minuto más tarde, echó a andar acompañado por las notas de la Juvenil Filarmónica. El capataz de la Soledad, Francisco Javier Burgos un año más, inició la maniobra de salida de la Madre – muy compleja a causa de las dimensiones del palio y las de la puerta de El Salvador – a las 06:12. Los banceros la levantaron primero al brazo y luego al hombro para que empezara a caminar, con Tu silenciosa mirada en la Juvenil Filarmónica y tras su Hijo, a las 06:14.

Dos minutos más tarde se cerraban las puerta de El Salvador, con la procesión firmando una de las salidas más rápidas que se recuerdan: en 46 minutos estaba todo el cortejo fuera y avanzaba hacia Carretería la turba increpando a Nuestro Señor.

El Guion del Jesús de las Seis entró en Carretería a las 06:39, con la turba ganando integrantes por momentos en la parte baja, especialmente mujeres y niños que se habían ido incorporando en la parte llana y más ancha del recorrido, sobre todo en la cabecera, tras su Guion. En Las Torres, bailaba incansable San Juan con San Juan. El Encuentro y la Soledad llegaron a la herrería, abarrotados los aledaños de público en silencio, para escuchar su motete hacia las 06:30. Tras una conmovedora interpretación, volvió a sonar como en los últimos años Al capataz en la Filarmónica, marcha que recoge en el principio las notas del motete Oh Soledad y que ha dotado, si cabe, de mayor belleza a uno de los momentos más especiales de nuestra madrugada santa.

El desfile transcurrió rápido y ligado en todo el tramo llano, ligazón que se mantendría en toda la subida, dotándola de mucha fluidez y belleza, con las hermandades muy juntas entre ellas y llevando gran cantidad de hermanos: más de 300 tulipas contó el representante de la Soledad en Alfonso VIII, a las que había que sumar la cantidad de niños, que también fue alta en todo el desfile, sobre todo en los tramos diurnos.

Alboreando el día, el Jesús empezó la ascensión a la Plaza Mayor echando pie en el Puente de la Trinidad hacia las 07:50. En Palafox, en el Monumento ‘Turbas Generación’, aguardaban ya los históricos para la Clariná. La recibió el Guion a las 07:48; el Jesús, dos minutos más tarde. Brava. Intensa. Descomunal. Y bailaron al paso los banceros, bien dirigidos, como solo ellos saben hacerlo. Con el comedimiento, la elegancia y el respeto con que se debe hacer. La Caída avanzó por Palafox hacia la Audiencia entre la clariná atronadora rasgando el aire hacia las 07:56, bailando con su paso singular, muy bien dirigida y llevada; amor y pericia también en ese capataz. Doce minutos de estruendo, de clarines rasgando la mañana Camino del Calvario. Doce minutos de amor que valen todo un año. Doce minutos para el Señor.

Parte de la turba avanzó rápido por la cuesta paralela a Palafox para sumarse a la multitud en la curva del Escardillo. Otra parte esperó todavía al San Juan Evangelista para regalarle también su clariná.

El paso de la procesión por la Audiencia fue memorable, con la turba ya congregándose en una Plaza Mayor con algo menos público en ese momento que en años anteriores (luego se terminaría llenando, si bien dentro del aforo permitido por cuestiones de seguridad). Al adivinar al Guion bajo arcos, pasadas ya las 9 de la mañana, el estruendo se hizo mayor – si es que eso era posible – con la turba enfervorecida y completamente entregada. El paso del Jesús y La Caída bajo arcos y por la Plaza, bien coordinada, bailando, fue sencillamente memorable. También el del San Juan, bailando con su palma al viento en todo el recorrido y sin dejar de sonar la marcha que el maestro Cabañas le dedicó. Por cierto que a esta cronista le gustó especialmente la forma comedida y elegante de bailarlo en Carretería, sin desmerecer por supuesto el resto del recorrido. Y en medio de un silencio que se podía cortar, inverosímil por la cantidad de gente, casi mágico porque pasar del estruendo a la quietud en un segundo, en un latido del corazón que al pecho lleva la Madre es algo que únicamente sucede en Cuenca, entraron el Encuentro y la Soledad, arrullada por la magnífica interpretación de Pasa la Soledad por parte de la Juvenil Filarmónica. Un ascenso para guardar en el corazón y recordarlo muchas veces.

Salvado el tramo más largo del recorrido, la turba comenzó a bajar de nuevo pasadas las 10 de la mañana. La bajada, si bien fluida y con las hermandades muy juntas de nuevo, fue más lenta, cosa natural a causa de los constantes cuellos de botella que se forman en la estrechez de Alfonso VIII con la Anteplaza, Andrés de Cabrera o las dos curvas del Peso.

Nuestro Padre Jesús Nazareno de El Salvador llegó a su miserere imperial, desfilando maravillosamente y con la turba avanzando delante del Guion, gracias al incansable trabajo del grupo de intervención en los puntos más estrechos. El silencio de la turba para que clamaran misericordia por el Señor las voces del Coro del Conservatorio, dirigido por Jesús Mercado, aguantó este año y de nuevo unos instantes menos, hurtando al oído parte del verso final de la primera estrofa del miserere. Tal vez sea el momento de empezar a plantearse si es preciso trabajar con la turba que aguanten, de nuevo, unos segundo más. Como antes.

El Jesús alcanzó la Plaza de El Salvador, abierta ya la iglesia de par en par, a pocos minutos del mediodía. Para entonces, el intenso frío de la mañana se había suavizado con el sol en lo alto, revelando un cielo azul Viernes Santo, que puede que no sea un color pantone pero, desde luego, sí es un color de Cuenca. Con el cordón de turbos bastante más cerca que en la salida (un acierto, a juicio de esta cronista), el Jesús entró en el Salvador meciendo con vigor a escasos centímetros de su turba mientras esta le tocaba con absolutamente todo lo que tenía dentro, incluso desde los balcones de la plaza, dejándose el alma en cada golpe al tambor, en cada soplo al clarín, en cada cruce de palillos, en cada ‘¡Ay, que se va, que se va!’. Y es que se iba, entre clarinás estremecedoras, con los tambores en lo profundo haciendo temblar la tierra como la caballería pesada del ejército inglés en Braveheart. Se iba tras una procesión magnífica... y nadie quería verlo marchar.

Mientras, en San Felipe, Stabat Mater escuchaba la Soledad, que cerró tras de sí las puertas de El Salvador hacia la una de la tarde, después de una preciosa entrada propia y de La Caída, el Evangelista (con la turba dándolo todo en su final de procesión, pues el resto lo harían en respetuoso silencio ante la Madre) y el Encuentro. San Juan escuchó, como es costumbre, el último San Juan en el interior de la iglesia y a hombro de bancero; al acabar, secundaron todos los presentes el viva al Evangelista. Guiado por la caja, que tocó durante todo el recorrido para marcar el paso, el Encuentro entró en una bonita maniobra seguida a la iglesia.

El paso de la Madre por el Peso y Solera fue especialmente bello, así como la llegada a El Salvador, a paso muy acompasado. Una maravilla. Sonando en la Juvenil Filarmónica el estreno del año pasado, Tu Soledad, Nuestra Esperanza, compuesta por Casimiro Mejía Montalvo y con letra de Rocío Burgos, hermana de la Soledad. Y así, arropada por sus hermanos, por la Juvenil y por el público presente en completo silencio, finalizó la Soledad en El Salvador, ante los acordes del Himno Nacional.

Cuenca se desplazaba ya hacia la parte llana, donde se escenificaba ya la Crucifixión y muerte en ocho actos de Nuestro Señor.

Lo que el ojo (nazareno) no ve

Los banceros del Jesús del Salvador y de La Caída giraron a los dos pasos de la Hermandad en Alonso Chirino y también frente al Nazareno, en este segundo caso hacia los Hermanos Mayores, como es costumbre. En la Plaza Mayor giraron los banceros al Encuentro en la bajada, hacia uno de los locales, también en recuerdo de un hermano fallecido.

San Juan, de Nicolás Cabañas, sonó en alrededor de 50 ocasiones para el Discípulo Amado en la Madrugada Santa conquenses, pero no fue lo único que escuchó; en Carretería, por ejemplo, sonaron El Evangelista y La palma al viento, dos marchas también muy apreciadas por los banceros. La Soledad de San Agustín, por su parte, escuchó un cuidado repertorio – como cada año – en el que no se repitió ninguna marcha y que contó, además de las ya mencionadas en la crónica, con clásicos como Caridad del Guadalquivir o La Quinta Angustia, en una fantástica actuación un año más de la Juvenil Filarmónica.

Uno de los momentos cumbre fue, por cierto y como cada año, la interpretación de Pasa la Soledad al entrar la Virgen en la Plaza Mayor. En esta ocasión, la climatología se lo puso especialmente difícil al trompetista encargado de interpretar el solo, pues el frío intenso de la mañana destempló los instrumentos y provocó la rigidez en los músculos de la cara de muchos de ellos, propiciando que, en el solo, se perdiera el sonido durante un instante. El intérprete, no obstante, se rehízo al momento y continuó con una fantástica y conmovedora interpretación del solo ante una Plaza en completo silencio. Bravo.

Fue mañana, también, de estrenos. Para empezar el de la representante del Jesús del Salvador y presidenta ejecutiva de la procesión, Carmen Sáiz. Para seguir, el del representante del San Juan Evangelista, Rafael Burgos.

Estrenó la V. H. y C. de N. de San Juan Apóstol Evangelista el Libro del Evangelio, un volumen con guardas de madera forradas de terciopelo granate de seda, con aplicaciones de orfebrería en metal plateado diseñadas por Industrias Élite de Sevilla; contiene el Evangelio, las Cartas de San Juan y el Apocalipsis. Preside el Libro un capillo de capa pluvial del siglo XVIII, bordado a mano en seda de hilos de oro y plata, que fue donado a la Hermandad por Jose Ignacio Albentosa, antiguo vicerrector del Campus de la UCLM en Cuenca y de Extensión Universitaria.

La Soledad de San Agustín estrenó el tocado, hecho con un encaje de finales de s. XIX donado por un hermano, así como un pasador para el cíngulo en plata dorada (adaptación de un anillo), donado por una familia.

El nazareno que fue marcado el paso del Encuentro a ritmo de caja era un viejo conocido de nuestra Semana Santa, el hermano Diego Moya, ex componente de la Banda de Trompetas y Tambores de la Junta de Cofradías. Alguien también muy conocido y apreciado se sumó a la Presidencia institucional a su paso por Carretería: Isidoro Gómez Cavero, quien acompañó a la secretaria de la M. I. V. H. del Bautismo de Ntro. Señor Jesucristo, Eva M.ª Díez (quien sustituía al representante, Juan Ignacio Cantero, toda vez que en el mediodía sería bancero de la Virgen de las Angustias y necesitaba descansar para desempeñar bien su cometido), y a Marta Tirado, concejala de Turismo, Patrimonio Histórico y Promoción Empresarial del Excmo. Ayuntamiento de Cuenca.

Y la Guardia Pretoriana de la Pasión Viviente de Tarancón contó en este Viernes Santo con un componente más, el praefectus classis o prefecto de la flota, ataviado con capa azul distintiva de la marina romana.

Por cierto que este año se escucharon pocos gritos de ‘¡El Guapo!’ hacia San Juan, una de las expresiones típicas de la turba para el Discípulo; a cambio, en algunos puntos se volvió a escuchar el ‘¡Judío, a la cruz!’, otro de los cantos tradicionales para el Jesús de las Seis que merecería, a juicio de esta cronista, recuperar.

En capítulo de vestimenta, el Jesús de La Caída vestía la túnica de Encarnación Román y camisa de doble puño con gemelos de pasamanería; la túnica isabelina se empezará a restaurar en breve en un taller sevillano. Las potencias eran muy pequeñas y muy antiguas. En cuanto a la Verónica, vestía una capa manto de terciopelo verde, espectacular, que la arropaba, y el velo más pequeño por motivos del temporal de viento; huelga decir que la pericia de su camarera logró que el atuendo de ambas tallas y, especialmente, el velo de la Verónica, llegasen intactos a El Salvador.

Nuestra Señora de la Soledad de San Agustín desfiló vistiendo la saya que regaló Marina Moya como presidente de la Diputación de Cuenca en 1997, una pieza magnífica, bordada por el Taller de bordado en oro ‘San Julián’ de Cuenca. En la cabeza, la corona de talleres Granda en plata dorada, enriquecida en 2024 con oro y plata por Stella Jewels (Córdoba). Y llevó también el broche en plata con el escudo de La Juvenil Filarmónica de Villamayor de Santiago, donado por la banda en su hermanamiento con la Hermandad.

En capítulo floral, el Encuentro llevó clavel morado, brunia lila, paniculata, helecho y eucaliptus; la Soledad, rosas crema, lisianthus blanco, bouvardia blanca, orquídea dendrobium y rosas claras.

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