Galería gráfica: Pablo Procopio || Crónica: Berta López
“Si tú que me escuchas eres uno de los que se han alejado, no vas a la iglesia o llevas mucho sin recibir la Eucaristía, pregúntate: ¿Por qué me he alejado? Querido hermano: Jesús desde la Cruz te mira, te acoge y, como el padre de la parábola del hijo pródigo, te recibe con los brazos abiertos”.
Esta reflexión, perteneciente a la Segunda Palabra y pronunciada por el hermano seminarista Álvaro Rozalén Calonge, condensa la esencia de la procesión penitencial del Stmo. Cristo de la Vera Cruz. Volver al Padre. Recuperar la fe, la cercanía con Él, la comunión a través de la Eucaristía (tan presente en esta Semana Santa gracias al Cartel de Pedro José Ruiz). Desandar el camino que nos llevó lejos, para volver a acercarnos. Pedir, sin miedo, sin vergüenza, sin reparos, sin nada que perder. Como Dimas. Por recibir del Señor lo mismo que él recibió. Hacer en nuestra Semana Santa camino con Él para, a Él, volver.
Y, para los hermanos de la Vera Cruz, el primer paso de ese camino de vuelta al Padre los lleva hasta la Catedral, hasta la misa estacional en la que participan cada año antes de que abra para el Señor la Puerta de la Misericordia. En esta ocasión, ya en la propia misa se veía que iba a ser una procesión muy participativa, pues se ocuparon todos los bancos y quedaron incluso hermanos sin poder sentarse. La alta asistencia a la celebración litúrgica tuvo su reflejo en la calle: la Hermandad desfiló con largas filas en todo el recorrido, en una procesión con muy buen ritmo y de las más elegantes y vistosas de los últimos años. Hacia las 21:17, el cortejo inició el movimiento. La procesión por el interior de la Catedral, este año por fin sin el obstáculo del andamio en la curva de la girola, fue rápida y de gran belleza, especialmente el paso de la Vera Cruz ante su Madre en las advocaciones de la Soledad y la Cruz y la Esperanza. Una que ya no lo tiene y otra que, sin haberlo visto aún en la Cruz, lo acierta a ver Crucificado ante ella como una profecía.
Las puertas de la Catedral se abrieron con puntualidad británica. Al salir, captó esta cronista en el suelo algunas briznas de palma del Domingo de Ramos, junto a una vela de la Vera Cruz rota en dos pedazos sobre uno de los bancos de terciopelo rojo en que se habían sentado para escuchar misa los hermanos. Unos minutos después, un niño – con su medalla de la Hermandad al cuello pero sin hábito de nazareno – salía a la abarrotada y silenciosa Plaza llevando los dos trozos a modo de palillos de tambor camino del Calvario. Ayer tan aclamado y hoy, solo y despreciado por todos. Ayer tan querido y hoy escarnecido. Ayer, Rey de Reyes y hoy... hoy Rey de los Judíos crucificado. Ayer Hosanna y hoy, miserere mei, Deus. Haneni, que cantaría el Alonso Lobo.
El Alonso, por cierto, acompañó por segundo año la ceremonia de bendición de la rosa roja por los hermanos difuntos, este año a cargo del consiliario de la Hermandad y a los pies de la Cruz por la hermana Amparo Muñoz. Y protagonizó un estreno musical en procesión, el de Crux Domini, obra compuesta por Luis Carlos Ortiz para la Hermandad y estrenada en el concierto benéfico por el XXX Aniversario fundacional, celebrado el pasado mes de noviembre. Sonó a la salida de la Vera Cruz, en un momento que ha ganado en belleza, solemnidad y recogimiento. A fin de facilitar la salida, el coro se ubicó a la izquierda de la Puerta de la Misericordia, dando también más realce a la maniobra de bajada de las escaleras.
Eran alrededor de las 21:40 cuando monseñor reflexionaba sobre la Primera Palabra, en una prédica este año concisa y más breve que de costumbre. “Es el momento de la redención, del rescate, de la liberación de nuestros pecados. Es la hora del gran perdón. Él no cometió pecado, ni encontraron insulto en su boca. Pero Él llevó nuestros pecados en el leño, para que muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados”, manifestaba, describiendo la primera manera de volver al Padre: porque Él nos ha redimido y, como redentor nuestro, nos espera.
Tras la palabra hablada, la cantada. La Plaza, llena, permaneció en silencio hasta que alcanzó la Vera Cruz los arcos para la prédica de la Segunda Palabra en el convento de las Esclavas del Stmo. Sacramento. En ese momento fue como si se abrieran las compuertas que habían estado conteniendo la algarabía, detalle muy feo por parte del público asistente, que no hizo ademán de callarse ni con las repetidas peticiones de silencio desde la Anteplaza, ni cuando comenzó a cantar el Alonso Lobo tras la Segunda Palabra. Cuán importante es en la vida saber a lo que se está: en Cuenca, en Semana Santa, se está al silencio. Máxime cuando el Señor pasa.
El cortejo llegaba hasta San Felipe, también muy nutrido en público, hacia las 22:30 horas. A los pies del templo, el hermano Juan Minaya Nuño meditaba sobre la Tercera Palabra: “Jesús habla desde la Cruz, desde el lugar donde el amor ha sido llevado hasta el extremo. Cada palabra suya está empapada de sangre y de entrega. Nada es casual, nada es accesorio. Cuando pronuncia esta frase, Jesús está eligiendo amar una vez más, incluso cuando ya no le queda casi nada que dar. Y lo que da no es una enseñanza abstracta, sino una relación viva, un vínculo nuevo, una familia nacida del sufrimiento y del amor”. Volver al Padre a través de la Madre. Porque, como dijo nuestro obispo en su Pregón: menos mal que existen las madres. Y menos mal que es también nuestra la Madre del Señor.
La salud mental, uno de los grandes males de nuestro tiempo, y la guerra han sido los dos temas contemporáneos que han centrado las Palabras de este año, junto con temas universales como la enfermedad en sus múltiples manifestaciones, la soledad, la incomprensión, la falta de caridad, la falta de humanidad, la falta, en suma de amor. La falta de ese amor que, sin embargo, nos ofrece el Padre a manos llenas con solo que tengamos el coraje de buscarle. Porque eso es, en fin, lo que pretenden cada año los predicadores: llevarnos de vuelta a Dios a través de sus palabras. Llevarnos, con sus Palabras, al infinito amor de Dios.
Hacia las 22:50 encaraba la Vera Cruz el Peso, tras dar la curva en una maniobra ágil y elegante, bien dirigida ha desfilado en todo momento. La multitud, que tomaba posiciones a lo largo de toda la calle y procedente en su mayoría del atajo entre San Andrés y San Felipe por el Callejón de los Artículos, mostraba su profundo respeto guardando un silencio sepulcral. En lo hondo, todavía por Andrés de Cabrera, la letanía eterna del Alonso Lobo. Como si lo estuviéramos soñando y nos sonara en verdad dentro del pecho. Como si fuera el lamento de las plañideras en el entierro que no fue de la hija de Jairo. Como el de las que lloraron por Lázaro. Como las que no tuvo Nuestro Señor, por la condena y el escarnio. Como el llanto amargo de las Santas Marías al pie de la Cruz – no dicen de eso nada los Evangelios, pero debió haberlo – y ante el sepulcro cerrado. Plañir por no despedirse. Plañir por solo no dejarlo. Plañir... por solos (sin Él, qué solos) no quedarnos. Y la luna del Nisán, llenándose ante el Crucificado.
“Padre, en cada susurro de cada hora en vela elijo mis acciones, intentado no apartar la mirada de Ti”, meditó la hermana Ana María Cueva Medina en San Andrés. Volver al Padre a través del miedo, de la desesperación, de la soledad, de las dudas. Volver al Padre sintiendo lo mismo que Él sintió.
Si la primera parte del recorrido fue ágil, no lo sería menos la segunda. La cabecera de la Vera Cruz alcanzó El Salvador hacia las 23:15 horas y, al poco, llegaba en medio de un silencio sobrecogedor Nuestro Señor hasta la puerta del templo para escuchar la Quinta Palabra. “¿Cómo saciamos esta sed? Siguiendo y creyendo en las Palabras que Cristo nos entregó: el que tenga sed, que venga a mí y beba. Y yo le daré un agua con la que ya nunca volverá a tener sed”, reflexionaba Héctor Soria Serrano, Hermano Mayor de 2026. Volver al Padre a través de nuestro vacío interior. Volver sedientos, después de habernos alejado de Él. Volver. Siempre volver.
Después de la meditación, el Alonso arrullaba los breves pasos del Santísimo; tras Él, un penitente vestido con el hábito de Ntro. Padre Jesús Nazareno del Puente cargaba con su Cruz, emulando al Señor del Jueves Santo. El desfile descendió sembrando silencio desde la cuesta de San Vicente y Alonso de Ojeda hasta la Puerta de Valencia, punto que alcanzó hacia las 23:35 horas. Para entonces ya llevaba una más que nutrida muchedumbre tras la presidencia institucional (hoy ocupada por el representante de la V. H. de Ntra. Sra. de los Dolores y las Santas Marías, Miguel Hidalgo, y Víctor Manuel Fernández Díaz, concejal de Educación, Innovación y Nuevas Tecnologías del Excmo. Ayuntamiento de Cuenca) y los hachones de cierre, siguiendo los pasos del Señor como debieron hacer los gentiles cuando el sermón de la montaña. Solo que aquí la montaña era un monte y llevaba por nombre Calvario y, por toda bienaventuranza, siete palabras con que volver al Padre que siempre nos está llamando.
“Todo está consumado nos recuerda que lo que realmente importa no es la perfección, ni la cantidad de logros, sino la intención y el amor con que vivimos cada día. Cada gesto amable, cada palabra de apoyo, cada acción que hacemos con sinceridad, tiene un valor eterno y deja huella, aunque no siempre lo veamos”, meditaba la Hermana Mayor, Miriam Soria Serrano. Volver desde nuestra pequeñez, desde nuestra humanidad radical. Volver sin máscaras ni artificios. Volver como el Padre nos ve en realidad.
El tramo final de la procesión transcurrió en apenas 35-40 minutos. Más escaso de público el desfile entre el segundo tramo de Las Torres (que la cabecera alcanzaba hacia las 23:50) y San Esteban, donde se concentraba prácticamente todo el mundo para escuchar la última palabra y ver la entrada de la Vera Cruz en la iglesia. A las 00:24 iniciaba Antonio Fernández, vicario general de la Diócesis y párroco del templo de llegada, la prédica de la Séptima Palabra. “En realidad, la última palabra de Jesús no fue: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. Su última palabra no fue la resignación, el sufrimiento, la muerte. No. su última palabra fue: resucitar. Cristo vive. Y aquí radica la fortaleza, la confianza y la esperanza que los cristianos tenemos que aportar hoy a nuestra sociedad como el mejor de nuestros servicios”, pediría Antonio ante la Cruz Verdadera. Volver porque está vivo. Volver porque resucitó.
Siete minutos después entraba la Vera Cruz en San Esteban, entre las notas del miserere en arameo compuesto para ella por Luis Carlos Ortiz y que es ya un sonido imprescindible del Lunes Santo. En el interior, de la iglesia y del corazón, el final de la procesión se volvió de nuevo íntimo (pese a la gran cantidad de fieles que acompañaron al paso hasta borriquetas). Cantó el Alonso Lobo el Stabat Mater en el altar, ante la Inmaculada, como es costumbre. El consiliario de la Hermandad dirigió el rezo de un padrenuestro y un avemaría en acción de gracias, para despedir después a los presentes con la bendición. Y el último sonido fue, como siempre, el miserere de Cuenca en las voces del Alonso.
Después los abrazos, el despojarse del capuz quienes todavía no lo habían hecho, el trajín de apagar las velas, comentar lo bien que había salido este año la procesión (que, efectivamente, salió muy bien) y, poco a poco, marcharse cada uno al hogar del que había venido. En el corazón, esas Siete Palabras. Esas siete llamadas. Esas siete maneras que tiene cada año Cuenca… de volver al Padre en Lunes Santo.
Hacia las 19:30 de la tarde reunía Armando Martorell, capataz de la Vera Cruz, a sus banceros en la Catedral y ante su otro paso, el de la Santa Cena, para darles un nazarenillo en miniatura, a modo de recuerdo, y las indicaciones pertinentes con las que garantizar un desfile brillante como el que a la postre salió. “Aquí somos todos iguales”, recalcaba, hablando ante sus banceros como lo haría un padre. Muchos de ellos eran muy jóvenes y otros, nazarenos conocidos, como el delegado episcopal en la Junta de Cofradías, Joaquín Ruiz, que este año ha vivido la procesión de una forma diferente.
Y es que, a veces, la mano de un padre es necesaria. Como cuando es preciso ajustar mejor en el frontal de las andas la reliquia del Lignum Crucis de Vellisca, mientras por segundo año consecutivo es ya tu hijo quien enciende los hachones que iluminan los pasos de Cristo. Dos generaciones en un mismo gesto. De gestos en los prolegómenos del Lunes Santo podríamos hablar mucho. Por ejemplo, del gesto de la Hermandad para con monseñor José María Yanguas, a quien entregaron una medalla con la cruz del escudo en agradecimiento por la vigésima Primera Palabra pronunciada, bajo el vuelo de un murciélago que no quiso perderse tampoco la celebración. O del gesto de parar el paso ante el Obispado, en recuerdo de aquella primera Primera Palabra que pronunció monseñor Guerra Campos desde tan magno escenario. O del gesto – o más bien guiño – en forma de aparición estelar en la Segunda Palabra de Carlo Acutis y la Madre Teresa de Calcuta, merced a la mención en su prédica por parte del hermano Álvaro.
En este Lunes Santo ha habido tiempo para escuchar por primera vez a tres tambores velados y no uno, como era hasta este año costumbre. Alejandro Pernías, Darío Martínez y Pablo Mosén han sido los responsables de ir marcando el paso al cortejo (y lo han hecho muy bien). También para fijarse en los faroles de cabecera, en color cobre, nuevos y brillantes; en el consabido ramillete de cardos a los pies de la Cruz (este año, más verdes); y en las pulseras de la Hermandad que, bendecidas, iban entregando a modo de recuerdo y a los hermanos las cereras. Y para percibir ausencias, como las de los guiones de las hermandades de la Vera Cruz de la provincia que, hasta el año pasado, habían acompañado a la nuestra (sí desfilaron dos hermanos de la Vera Cruz de Villar de Domingo García): su falta ha sido, junto con las larguísimas filas de hermanos y la buena (e inesperada) temperatura, de lo más comentado en las aceras.
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