Galería Gráfica: Pablo Procopio || Crónica: Berta López
A las 3:44 de la madrugada, con el Miércoles Santo transfigurado ya en el día que la Iglesia llama del Amor Fraterno, encaraba el Santísimo Ecce-Homo de San Miguel la escalerilla que da acceso a la plazuela de El Salvador, sonando y muy bien en la Moteña los compases finales de He aquí el Hombre, la marcha que le dedicó José López Calvo. Para entonces, en lo alto ya se había convertido el cielo de Cuenca en lienzo eucarístico, con la luna del Nisán, la primera de la primavera, completamente llena, emulando a ese Cuerpo de Cristo que protagoniza (como si fuese al tiempo nuestra luna misma) el Cartel que concibió para nuestra Semana Santa de este año Pedro José Ruiz. Un Cartel “para que todos sean uno”, igual que el sacrificio de Nuestro Señor.
Pero, para llegar a este punto, en los Evangelios como en nuestra Semana Santa, primero hubieron de pasar muchas cosas.
A las 19 horas, en punto, rompió al redoble en Aguirre la Banda de Trompetas y Tambores de la Junta de Cofradías, con la cabecera del Huerto ya formada en la plaza de San Esteban. Fue la salida de ambas hermandades ágil y bonita: la Oración daba los primeros golpes de horquilla en la calle a las 19:04 y a las 19:10 ya había escuchado el Judas el Himno Nacional y continuaba la de Horcajo (que le acompañó en la subida, como es habitual) con De la traición a la Victoria, la marcha ganadora del certamen convocado con motivo del 120º Aniversario de la Hermandad y que se escuchó varias veces este Miércoles Santo, no solo en la Banda de Horcajo, al ser una marcha muy adecuada para la forma de desfilar que tenemos en Cuenca.
La subida hacia el Salvador fue una demostración por parte de ambas hermandades de que no hay en nuestra ciudad nada (nada) que supere a la Semana Santa en capacidad de convocatoria. Un dato para ilustrarlo: en la subida llevó el Huerto alrededor de 1.800 adultos y 400 niños, teniendo que doblar filas prácticamente de inicio. Hacia las 19:30 alcanzaba la Banda de la JdC la Puerta de Valencia, imperial. Sonaron muy bien durante todo el recorrido los de Francisco Javier Poyatos, un día más, dando no solo testimonio de Nuestro Señor y conmoviendo Cuenca hasta los cimientos (no en vano es la única banda de que no cesa de tocar en ningún momento, de principio a fin de cada desfile en que participan), sino también ejemplo de saber estar, comportamiento y de cómo se desfila en Cuenca. No es por casualidad que se hayan convertido en emblema de nuestra Pasión y, por ende y musicalmente, de la ciudad entera.
La cabecera del Silencio alcanzó Solera hacia las 19:45 horas, con la de la Amargura y San Juan formando ante la portada de El Salvador, junto con la representación de la Guardia Civil y del Ejército de Tierra que acompañaría a la Madre y el Discípulo Amado en su camino de lágrimas, que rezaría la marcha con la que saldría el paso hacia las 20:39 horas. Para entonces, en el interior de la Catedral se habían tallado ya los banceros que habrían de portar sobre sus hombros el misterio eucarístico, la Santa Cena, este año más que nunca símbolo de unidad a través del Cartel. Y en San Pedro, el Apóstol alzaba ya la espada ante Malco en la plaza frente al templo de salida, mientras los banceros de La Negación bajaban las escaleras con su paso para dejarlo en la calle en borriquetas y poder participar después en la misa de Miércoles Santo. El Stmo. Ecce-Homo de San Miguel, ante su capilla con todas sus tulipas encendidas, fue un año más testigo y protagonista de la Escritura del día.
Especialmente emocionante fue el saludo y homenaje que cada año le hacen a la Virgen los músicos de la Banda de la JdC, en uno de esos momentos que son ya imprescindibles en el Silencio. También el saludo del Judas, encarando la traición a la Madre y el discípulo al que el Señor tanto amó. El cortejó de capuces blancos como el Cuerpo de Cristo tomó Andrés de Cabrera hacia las 20:45 horas, con los banceros del San Pedro tallándose y la gente congregándose poco a poco entre El Salvador y la parte alta. La cabecera pasó bajo arcos hacia las 21:10 horas, con toda la subida plagada de nazarenos: si muchos sacaron la Oración y el Judas, no menos llevaba de inicio la Amargura. Especialmente bonito fue la llegada del Huerto bajo arcos, bailando como sus banceros saben, bien dirigidos como siempre por su capataz y con las trompetas y tambores de la Banda de la JdC marcando el paso. También lo fue el paso por San Felipe del Judas con Hosanna in excelsis y la llegada a la Plaza bailando con Concha en la Banda de Horcajo: la comunión entre banda (que sonó espléndida), banceros y capataz fue total en todo el recorrido y eso se notó en cómo desfilaron.
La Amargura y San Juan encararon arcos a las 21:53, después de una subida magistral, bien dirigida y a paso muy corto, desfilando con la dulzura de la Madre que sabe lo que a su Hijo le aguarda, y con la Sanclementina sentando cátedra un año más en nuestra Semana Santa. La Banda de la JdC la recibió bajo arcos con la Marcha de Infantes, para acompañarla después hasta el Palacio Episcopal, donde ya la aguardaba monseñor, con El Sacramento de Nuestra Fe. Eran pasadas las diez de la noche y ya se había colocado la Santa Cena tras la puerta de la Misericordia para salir al Silencio y encabezar el cortejo. Encararía arcos la Eucaristía a hombro de bancero hacia las 22:40 horas.
En la bajada, el cortejo se organizó de manera ágil y ligada ya desde la Plaza Mayor. A las 22:55 se incorporó el primero de los pasos que bajan desde San Pedro, el San Pedro Apóstol, que llegó con larguísimas filas (le aguantarían hasta el final) y más niños que nunca (a juicio de esta cronista), hasta el punto de que prácticamente cada adulto llevaba a un nazarenillo de la mano o en brazos, hablando muy bien del trabajo que está haciendo la Hermandad de cara a la puesta en la calle. La Negación, acompañada este año por la AM Moteña, puso horquilla en la Plaza hacia las 23:28 horas, sonando para ellos la marcha que lleva su nombre. Y el Stmo. Ecce-Homo de San Miguel, que superó las 250 tulipas de salida, hizo pie en la Plaza a las unos 10 minutos después, con la cabecera de San Juan y la Virgen ya encarando la Plaza desde el Obispado. La Madre y el Discípulo verían por primera vez al Hijo hacia las 23:45 horas. Con Cristo de la Sangre en la Sanclementina alcanzarían la Plaza Mayor.
Para entonces, toda la bajada era procesión. Habían escuchado ya la mitad de los pasos el miserere en San Felipe y estaba a punto de escuchar el motete Ter me Negabis la Negación. Con la cabecera en Carretería hacia las 00:47 horas, el Silencio encaraba la primera estación de su final, en la calle Aguirre, en San Esteban y el Palacio Provincial. La temperatura, muy baja, y el retraso acumulado en la bajada (que sería de alrededor de media hora con respecto a la hora del año pasado del Ecce-Homo a San Andrés y la Amargura a El Salvador), contribuyeron a vaciar las aceras más que otros años, ya desde la Audiencia, punto que alcanzaron San Juan y la Virgen hacia las 00:56 horas.
La Banda de la JdC pasó por José Cobo a la 01:29 horas aproximadamente, con el público que quedaba reunido en Aguirre (aunque bastante mermado). Cinco minutos más tarde abrieron las puertas de San Esteban, donde el Huerto y El Prendimiento entraron en el entorno de las 2 de la madrugada; en su final, bailó el Judas De la traición a la Victoria y encaró las escaleras de San Esteban en una sola maniobra. Al tiempo, el San Pedro rendía tributo a sus difuntos con La Muerte no es el Final ante el monumento a los caídos de La Hispanidad. Antes, la Santa Cena despedía su desfile bailando en Aguirre, sonando para ellos y por última vez en el Silencio la Banda de la JdC. En el abrazo entre el capataz de la Cena y el director de la Banda se hizo patente el misterio de la comunión que rige el Miércoles y nuestra Semana Santa.
Entró el San Pedro en la calle Aguirre también con De la traición a la Victoria, hacia las 02:15 horas, con el Ecce-Homo y la Amargura ya en Carretería y La Negación dando la curva de José Cobo hacia su final en la curva corta de La Hispanidad, donde acabó a las 02:20 horas con Tu silenciosa mirada en la Moteña, después de un muy buen desfile, el paso bien dirigido y dejando momentos muy bonitos en la bajada por la Audiencia y Calderón de la Barca. Más o menos en ese momento, sonaba en Aguirre la Saeta para que los banceros del San Pedro Apóstol metieran el hombro, los riñones y el alma bailando en su final.
La Amargura y San Juan se despedían a paso mecido de La Negación, sonando Mi Amargura, también a hombro y meciendo, hacia las 02:35 horas, con el Ecce-Homo ya en Aguirre y tras sus pasos la Banda de Mota del Cuervo. Tras vivir idéntico momento con San Pedro hacia las 02:45 horas y sonando Caridad del Guadalquivir, el cortejo ya compuesto únicamente por el Ecce-Homo, la Amargura y las dos bandas (Mota y San Clemente) enfiló hacia la Puerta de Valencia, que alcanzó el Ecce-Homo pasadas las 3 de la madrugada. Todo el camino entre Las Torres y San Andrés fue solitario en las aceras, pero no en las filas, pues muchos fueron los hermanos (incluso niños) que aguantaron con ambas hermandades hasta su final. Porque de eso va también la Semana Santa de Cuenca: de la fe que hace que no desfallezcan las fuerzas, de acompañar hasta donde podemos. Y a veces, quieren el Señor y la Santísima Virgen que podamos hasta el final.
Y en el final, que es en Cuenca el principio, la luna ya llena del Nisán dando en el cielo sobre la ciudad testimonio eucarístico, iluminó hacia las 03:44 de la madrugada al Ecce-Homo encarando las escaleras de San Andrés y la Amargura llegando al Salvador. Entrarían, ambos, unos minutos más tarde, con el Himno Nacional. Honores de jefe de estado para el Señor y para su Madre. Los hermanos del Ecce-Homo entonaban su sentido miserere a las 4 en punto de la Madrugada y llegaba así el Silencio a su final. Un silencio de multitud, algo más lento de lo esperado. Un silencio de comunión. Un silencio de traición, entrega y sentencia de muerte a Nuestro Señor… para que todos sean uno.
Ser uno con los que visten hoy túnica y capuz, pero también con quienes lo visten ya en la procesión de la eternidad. Es lo que simbolizaban las dos rosas rojas por los difuntos que llevó durante todo el desfile sobre las andas la Santa Cena: una de ellas muy especial, pues fue para el hermano de Francisco Dolz, bancero que debería haber sido de la Cena este año y que lo fue, de la Cena eterna y desde lo alto con Nuestro Señor, acompañando en espíritu a su hermano que sí ha sacado, por los dos, el paso; por él lucieron crespón los banceros del cenáculo y también, el Guion.
Ser uno con quien durante tantos años fue hermana de la Amargura, Laura Torres Botija, fallecida recientemente siendo número 9 de la Hermandad. Sus hijos, sus nietos y su yerno vistieron en este Silencio la túnica azul por ella; su hijo y su yerno le prestaron además el hombro a la Madre en desfile compartido, a modo de homenaje y recuerdo. Porque dicen que no muere nunca quien es recordado y ese recuerdo es eterno y colectivo si ha sido de Cuenca nazareno.
En la noche de la traición y los olivos, los tres pasos que convierten a Cuenca en Getsemaní evangélico llevaron ramas del que custodia el Cabildo en el claustro de la Catedral, propiedad del Huerto de San Esteban y procedente del Getsemaní físico. Los propios miembros del Cabildo catedralicio cortaron un ramillete para que pudieran portar los pasos entre sus ramas el símbolo.
Fue la del Silencio noche de algunos estrenos, como el del nuevo presidente ejecutivo (y a la sazón representante del Judas), Félix Saiz. Otros estrenos de la noche fueron los hachones que escoltaron al estandarte del 25º Aniversario de la Cena, el título de Ilustre bordado en los estandartes restaurados de La Negación o el incensario estrenado por el 30º Aniversario. También estrenó la Amargura las horquillas y los tres acólitos que portaban el incensario y la naveta frente al paso. Y las horquillas del Ecce-Homo no eran nuevas, pero sí las habían restaurado. Por cierto que, en el final en San Andrés, justo antes de afrontar las escalerillas, describía un bancero del Ecce-Homo el desfile como “muy bien, pero muy agotador”, en una confesión que a fe nos representaba (y me incluyo) a todos.
Hubo en el Silencio tiempo incluso para alguna confusión, como la del público en las afueras de la Catedral que elucubraba si el espacio acordonado ante la puerta del centro sería por algún desprendimiento de cornisa (justo en ese punto, falta un fragmento), sin caer en la cuenta que era en verdad para que la Banda de Cuenca interpretara el Himno Nacional en la salida solemne de la Santa Cena. También para momentos curiosos, como el vivido en Calderón de la Barca cuando el director de la Banda de la JdC tuvo que arreglarle el lazo del pelo a Rebeca, la portadora del Banderín.
Dos integrantes de la Banda, por cierto, acompañaron al Ecce-Homo y la Amargura hasta el final, pese al cansancio acumulado y a tener que trabajar hoy; porque, por encima de todo, nuestros nazarenos de gorra de plato son eso, nazarenos. Nazarenos que no llevan túnica y que tienen que enganchar su rosario no al cordón de la cintura sino a los anclajes que unen la caja al tambor, pero nazarenos al fin y al cabo.
Y de lección de fe y coraje pese al cansancio tienen este año algo que decir los banceros de la Amargura; muy cansados llegaron a El Salvador, hasta el punto de que en Alonso de Ojeda fue el capataz todo el trayecto entre los banzos, empujando al izquierdo para estabilizarlo mientras una nazarena empujaba con el alma la punta trasera del banzo derecho. Así llegaron al Salvador. Porque no hay cuesta que se ponga por delante cuando es del Silencio y de Cuenca el nazareno.
En el capítulo institucional, ejercieron la presidencia el representante de la V. H. del Stmo. Cristo de la Agonía, David López Medina, con Charo Martínez Patiño, concejala de Deportes y Urbanismo, en la subida; y Alberto Castellano, concejal de Festejos, Juventud, Participación Ciudadana, Barrios y Pedanías, y Medio Ambiente del Excmo. Ayuntamiento de Cuenca, en la bajada.
Y en el floral, mención a la tradicional hiedra de La Negación, al camino de flores sobre el que procesionó el Judas (con predominancia de blancos y violetas, intercalados con verdes de corte en tonos ásperos como los de las hojas de olivo) y al exorno en blancos y protagonizado por rosas que lucieron las andas de la Amargura con su tradicional sobriedad y buen gusto. Por cierto que a esta cronista le parecieron este año especialmente bonitos los tres olivos, montados además de modo que llevaban mucho movimiento y que aguantaron bien pese al viento que sopló a tramos, sobre todo en la Plaza.
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