Y el Señor escuchó la plegaria de Cuenca e hizo brillar el sol para un radiante Hosanna

13 de Abril de 2025

Galería: Águeda Lucas

Crónica: Berta López

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Cuenca son tres golpes. Tres. Tres que abren San Andrés cada Domingo de Ramos para que salga Nuestro Señor a lomos de la Borriquilla y, a hombro de bancero, bendiga Cuenca en espléndida mañana, entre palmas y ramos. Tres para que, en pos de Él, contemplen los nazarenos y la ciudad entera su Esperanza primera, esa que luce más que nunca en este año en que somos, en Cuenca, peregrinos nazarenos de Esperanza.

A las 9:30 horas en punto, ante el presidente de la Junta de Cofradías, Jorge Sánchez Albendea, y el presidente ejecutivo del Hosanna, Diego Escudero, los Hermanos Mayores de la V. H. de Jesús entrando en Jerusalén y Ntra. Sra. de la Esperanza llamaban a San Andrés con los tres aldabonazos (tres) acostumbrados en los que se condensan la fe y las esperanzas de todo un pueblo: el de Nuestro Señor. El nuestro. Porque, si algo somos los conquenses y nazarenos en el Hosanna, es Pueblo de Dios. Segundos después, al tiempo de abrirse las puertas, el primer redoble de la Banda de la Junta de Cofradías, dirigida por Francisco Javier Poyatos. Los primeros toques que tambor y de trompeta.

Alrededor de 20 minutos antes habían rezado los hermanos en el interior de San Andrés, dirigidos por su consiliario, Pedro José Ruiz, quien recibió un detalle de parte de la Hermandad. Lució Pedro José crespón negro en la casulla, en recuerdo de su padre. “Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor, bendito el Rey que viene en el nombre del Señor” empezaba Ruiz, recordando cómo recibieron los hebreos a Jesús, ante la atenta mirada de los hermanos. “Nosotros, nazarenos conquenses, a las mismísimas puertas de la Semana Santa de 2025, compartimos esos sentimientos. Me atrevería a decir que los multiplicamos y aumentamos” aseguró. “Estamos inmersos en el mismo misterio pascual”, dijo, porque nuestra Semana Santa “no es simplemente un recuerdo de lo que sucedió en el pasado, sino una actualización de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, para nosotros, en el presente”. Ruiz pidió al Señor y a su Madre que pudiéramos los conquenses vivir la Semana Santa como nos gusta: en procesión. Y, al menos en el Domingo de Ramos, Nuestro Señor le escuchó y nos regaló una procesión extraordinaria.

La salida fue impecable y más silenciosa que en años anteriores, lo cual es de agradecer. Los banceros de ambos pasos, bien dirigidos por sus capataces, salvaron tan bien como acostumbran las escaleras de San Andrés y, en apenas 10 minutos, pisaban ya el Peso y Solera, rumbo a la parte baja del recorrido. Al coger, todavía en San Andrés, ambos el paso gemelo que les hace mover al son, como si unieran hilos invisibles los cuatro banzos, se vivieron los primeros momentos de emoción. Entre quienes pintaban ya lágrimas en los ojos en la plazuela, Juan, otros años tambor de la Banda de la JdC y, éste, desfilando con La Borriquilla en su silla de ruedas.

El cortejo formado bajó algo más lento que en años anteriores, lo que le valió una entrada en la Catedral con alrededor de 15 minutos de retraso con respecto al año pasado. Al frente, la Cruz. Siempre la Cruz. La Cruz de Guía ornamentada con ramas de olivo, recordándonos qué celebramos y por qué lo hacemos. Tras ella, la Banda de la JdC anunciando al Señor como solo ellos saben hacerlo. Entre La Borriquilla y la Esperanza primera de Cuenca, el Hermano Mayor del Evangelista con la palma que el próximo Viernes Santo (si Dios quiere) lucirá el Discípulo Amado en la mano con la que no señala el camino de Cristo. En la presidencia, en estos primeros compases, el capellán de la Hermandad, el Pleno de la Junta de Diputación de la Junta de Cofradías y el alcalde, Darío Dolz. Y cerrando cortejo, la Banda de Música de Cuenca, dirigida por Jesús Mercado, que recibió a la Esperanza con Costalero.

Al paso por El Salvador, donde vieron pasar cómodamente el cortejo desde sus sillas varias mujeres mayores, repicaron con fuerza las campanas, de regreso en Cuenca desde hace unos meses tras su restauración.

La mañana, si bien prácticamente despejada, empezó fría, lo que quizá restó público en la salida – pareció menos poblada la plazuela de San Andrés que otros años – y la bajada por Solera y Alonso de Ojeda hasta la Puerta de Valencia, donde sin embargo sí se congregó bastante público para escuchar cantar a las RR. MM. Concepcionistas al paso del cortejo por delante de la iglesia conventual. Restaurados ya fachada y zaguán del templo, que estrena portón de madera tras el triste incendio del año pasado, el paso de la procesión por este punto fue muy bonito y emotivo; además, la megafonía se escuchó mejor que en años anteriores. Los Hermanos Mayores hicieron entrega a las monjillas de un ramo de flores, en agradecimiento por recibir cantando a las Sagradas Imágenes y, sobre todo, por todo lo que hacen por la hermandad a lo largo del año.

Hacia las 10:30 horas entraba la Cruz de Guía en la calle Aguirre, desde donde se concentró el público – sobre todo a partir de San Esteban – hasta Carretería y la Trinidad por Calderón de la Barca. Se vieron, en este largo tramo sí, las aceras llenas que faltaron en Las Torres. Mención a la incorporación de fieles con sus ramas de olivo y vestidos de estreno en San Esteban, algo más escasos en número, sin embargo, que otros años. Se desarrolló muy compacto el desfile desde el inicio, a paso lento y elegante, especialmente entre José Cobo y La Trinidad. Altísima participación de hermanos, especialmente desde Aguirre, donde se fueron incorporando muchos más, también muchos niños.

En Carretería y Calderón de la Barca se vivieron dos de los momentos más emotivos de la mañana. El primero, en el homenaje de la Hermandad a Pedro Antonio Ruiz Abarca, Peri; mientras las notas de Mesopotamia llenaban el ambiente, mecieron los banceros a La Borriquilla y a la Esperanza al unísono, con el paso cruzado tan característico que suelen llevar en Carretería, pero muy juntos ambos, girando hacia la que fue hogar de uno de los nazarenos más queridos en Cuenca y en La Borriquilla, además del padre del consiliario de la Hermandad. Al cetro de capataz de banceros del Señor, Antonio Abarca, quien lo ha sido ininterrumpidamente y de manera brillante en los últimos 20 años y que lo tomaba momentáneamente, por última vez, para el homenaje.

El segundo momento tuvo lugar en Calderón de la Barca, en honor de Marisa Aguilar, nazarena muy querida, extraordinaria persona, y muy vinculada a la Hermandad. Al son de La palma al viento, los pasos de La Borriquilla y la Virgen de la Esperanza mecieron en paralelo, durante todo el primer tramo de la calle, para que Marisa pudiera verlo – y su hijo, bajo el banzo, sentirlo – y alegrarse desde la procesión del cielo. La emoción se hizo visible en innumerables rostros entre el público, que guardó, en ambos puntos, un respetuoso silencio.

Hacia las 11:55 horas entraba el cortejo en Palafox. En la subida, el público se repartió en toda la longitud, aunque más numeroso en la Audiencia, como es lógico, y desde Puerta de San Juan hasta la bendición de palmas, donde el cortejo llegaba pasadas las 12:30 horas, con las notas de El Evangelista, como es habitual, en la Banda de Cuenca. Antes, en la parte baja, bajo la Borriquilla volvió a vivir un momento muy especial Guillermo Pelegrín, bancero ciego que ya se estrenó el año pasado.

El Cabildo Catedralicio, con monseñor José María Yanguas, obispo de Cuenca, a la cabeza, celebró la bendición de palmas desde Los Oblatos, como manda la tradición. No cabía un alma, ni a pie de calle, ni en las barandas sobre el parking de Mangana – engalanado con el repostero de la Santa Cena – y El Carmen. “Queridos hermanos, ya desde el principio de la Cuaresma nos venimos preparando con obras de penitencia y caridad. Hoy, nos disponemos a inaugurar, en comunión con toda la Iglesia, la celebración anual del misterio pascual de la Pasión y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, quien para llevarlo a cabo, hizo la entrada en la ciudad santa de Jerusalén” expresó monseñor. Con la bendición, las palmas y ramos se agitaron, produciendo su característico sonido. Llevó monseñor, por cierto, la palma rizada que días antes le entregó la directiva de la V. H. y C. de Nazarenos de San Juan Apóstol Evangelista. Tras escuchar el Evangelio de Lucas referente a la entrada en Jerusalén, el cortejo se dispuso a encarar su tramo final.

Desde la bendición de palmas, donde se incorporaron al cortejo el propio cabildo y la Corporación Municipal, y la Banda de Cuenca volvió a colocarse entre ambos pasos para una mayor brillantez en el tramo final, la procesión ascendió ágil. La Banda de la JdC entró en la anteplaza con El Sacramento de nuestra Fe hacia las 12:55 horas. En la Plaza Mayor aguardaba ya el gentío, harto bullicioso, como siempre. Se pidió silencio insistentemente por una parte del público en la entrada de La Borriquilla y algo se consiguió, aunque no mucho ni por mucho tiempo. Un grupo de hermanas recibió a las Sagradas Imágenes a su paso bajo arcos del ayuntamiento con sendas petaladas desde el balcón: de hojas de olivo y rosa amarilla para La Borriquilla, y de rosas blancas, rosas, amarillas y rojas para la Esperanza; la de la Virgen fue especialmente profusa este año, hasta el punto de cubrir por completo la parte delantera de las andas.

Con la Banda de la JdC formada a ambos lados del pasillo central de la Plaza Mayor, para hacer sitio a las Sagradas Imágenes, la procesión avanzó hasta la Puerta de la Misericordia de la Catedral. Nuestro Señor entró, con el Himno Nacional interpretado por la Banda de Cuenca, hacia las 13:27 horas. La Virgen de la Esperanza, con la Marcha de Infantes interpretada por la Banda de la JdC, entró en la Catedral hacia las 13:33 horas. La nota negativa la puso, un año más – y van dos – el público, aplaudiendo en la entrada de las Sagradas Imágenes a la Catedral (por más que hubiera gente pidiendo el silencio que es pertinente en nuestra Semana Santa), cosa que no se hace en Cuenca, ni debe hacerse.

Y al final, las sonrisas por la buena procesión como recompensa por el trabajo bien hecho, los abrazos de Domingo de Ramos que parecen curarlo todo y hacen (casi) olvidar decepciones y traiciones diarias, la felicidad de haber completado la primera cuando parecía, por algunas previsiones, que no podríamos hacerlo. Cuenca estrenó Semana Santa y de forma brillante lo hizo. El cortejo concluyó con la Misa Estacional en la Catedral, presidida por monseñor, a la que asistieron la Comisión Ejecutiva, la Junta de Diputación y la Corporación Municipal y que contó con el acompañamiento musical del Coro de la Capilla de Música de la Catedral.

Vistió la Virgen el manto de tisú de plata, morado nazareno, que le enmarca el rostro y destaca el leve sonrojo que lucen sus pómulos, con la saya asimétrica de cardo con bordado de coral y oro. Estrenó un collar, con una cruz en el pecho de coral y rubíes. El arreglo floral, muy vistoso y en tonos blancos y morados, estuvo compuesto por anthurium blanco, rosa blanca, paniculata y alstroemeria morada, de un tono muy parecido al del manto.

En el capítulo musical, interpretó la Banda de la JdC – que sonó absolutamente impresionante en su 20 aniversario y desfiló aún mejor, con una seriedad y profesionalidad envidiables – marchas como A los pies de Sor Ángela, En la cena del Señor, Judería Sevillana, Caridad del Guadalquivir o El Sacramento de Nuestra Fe. La Banda de Música de Cuenca, por su parte, eligió un repertorio clásico, con marchas como Costalero, El Evangelista, Mesopotamia, La palma al Viento, Lágrimas de San Juan, La Quinta Angustia o Concha, con la que entraron los pasos a la Plaza Mayor.

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